12.11.06

La escuela de hoy es una institución caduca

Más que hacerle mejoras, urge su refundación


Foto Foro Educativo-Oscar Farje Gomero

Francois Dubet y Danilo Martuccelli, investigadores de la Universidad de Burdeos, sostienen que las instituciones escolares que hoy tenemos, surgidas como emblema de una República emergente a lo largo del siglo XIX, atraviesan una profunda crisis de sentido
[1]. La razón es muy sencilla: las funciones que le fueron asignadas parecen haberse diluido, sin demostrar ahora mayor capacidad o posibilidad para resignificarlas y cumplirlas de una manera efectiva, sobre todo en una época histórica bastante distinta a aquella que les dio origen. Aunque ambos autores hacen esta afirmación apoyados en un prolongado estudio sobre la vida escolar en Francia, desde esta otra orilla del mundo quisiéramos ensayar algunas analogías.

En primer lugar, si allá se fue atenuando la función de formar ciudadanos al concluir la fase de formación de una nación y al instalarse un sistema político basado en los valores republicanos, podríamos decir por el contrario que acá esa tarea ha seguido inconclusa hasta hoy. No obstante, lo ha estado para un sector de peruanos, entre los que me incluyo, que mantiene tercamente su aspiración a vivir en un país integrado y cohesionado en torno a una identidad común y a una visión compartida sobre un futuro común. Otro sector de peruanos, que atraviesa todos los niveles socioeconómicos, conserva más bien la certeza de que somos dos o tres países en uno y que cada uno puede y debe discurrir en su propio circuito y al interior de sus propias redes sociales. Como en la Colonia, cada uno en su estamento y sin mezclarse.

Nuestro sistema educativo se ubica más en esta segunda percepción, pues ha constituido servicios de primera categoría para los sectores de mayores ingresos, de segunda para las mayorías pobres urbanas y de tercera para los habitantes de las zonas rurales. La educación que ofrece, por lo demás, no ha servido para igualar a los peruanos, que en general egresan del sistema para ocupar un lugar en su misma clase social. De este modo, la formación de ciudadanos que asuman al país -con absoluta convicción y compromiso- como proyecto y promesa, no parece ser hoy una función que inspire ni genere mayor efervescencia en la vida de las escuelas peruanas, tan estamentadas y discriminatorias como la sociedad misma.

En segundo lugar, la función de contribución al desarrollo económico, es decir, en la clásica visión de los 80, la de formar los «recursos humanos» que la economía del país requiere para elevar su productividad y su competitividad y crecer sostenidamente, ha quedado aún más atrás. La masificación de la educación durante la segunda mitad del siglo XX, hizo estallar un modelo pedagógico diseñado para un aula menos poblada y culturalmente más homogénea, así como para un mundo donde la producción en serie y a gran escala sólo requería gente capaz de seguir instrucciones y repetir pautas al pie de la letra.

En otras palabras, la demanda de calidad educativa proveniente del mundo productivo modificó y elevó drásticamente sus parámetros, dejando a la escuela, en general, fuera de juego, aferrada a sus viejos modos y rituales de enseñanza o, peor aún, refugiándose de la modernidad. Por lo demás, la tecnificación creciente de la economía volvió más selectiva y exigente su demanda a la educación, reservándose para las mayorías una demanda más laxa, proveniente de ocupaciones de baja calificación.

El corolario de todo esto es que las credenciales otorgadas por las instituciones escolares se devaluaron profundamente y sirvieron cada vez menos para distribuir de manera equitativa a sus egresados en el mercado laboral. Más aún, ni siquiera fueron capaces de garantizar la alfabetización exitosa de la población escolar, aumentando de manera progresiva y exponencial la masa de analfabetos funcionales. E insistieron tercamente en seguir formando repetidores de conocimientos congelados, en momentos de una creciente demanda de la economía de capacidades de innovación y resolución creativa de problemas.

En tercer lugar, la función de socialización, dirigida a ayudar a constituir la subjetividad de los individuos, miembros de una misma generación, es decir, a hacerlos no sólo actores sino sujetos con identidad, capaces de tejer relaciones sociales constructivas y satisfactorias, habría perdido más fuerza aún. Dicen Dubet y Martuccelli, con absoluta razón, que las amistades y enemistades, los amores y odios, los entusiasmos y las decepciones, los fracasos y los éxitos que experimentan los estudiantes en su vida escolar, aportan a su formación tanto como los aprendizajes formales propiciados en las aulas. Sin embargo, la institución ha estado siempre más concentrada en las adquisiciones comunes –aquellas dirigidas a uniformizar maneras de actuar y de pensar- que en la intensidad y gravitación de la experiencia humana y social vivida en patios y pasadizos o en los extramuros de la escuela.

Lo que es más grave, agregan, la escuela del periodo republicano conservó en lo esencial el enfoque pedagógico heredado de la escuela confesional, que oponía la naturaleza infantil o adolescente –considerada inmadura, conflictiva y rebelde- a las demandas de una educación que se pretendía basada en la racionalidad. Es por eso que siempre se dirigió a la parte de ‘razón’ del alumno, apelando a ella –paradójicamente- a través de la repetición y la memoria, de la imitación de textos y autores o de otras formas dirigidas a controlar y limitar la natural heterogeneidad de personalidades las aulas. Es por eso que las experiencias de socialización de los alumnos fuera de clases tendieron a ser banalizadas y miradas con indiferencia, o en todo caso con una gran desconfianza.

Si la escuela de hoy no forma ciudadanos identificados con su país, tampoco personas creativas, productivas e innovadoras, ni sujetos con identidad y capacidad para vivir junto a otros, ha devenido en una institución vacía de sentido, estructuralmente incapaz de cumplir las tres funciones más esenciales que justificaron históricamente su existencia. Reconocer esta caducidad es en extremo importante, porque no será entonces desde esta misma institucionalidad, es decir, desde los formatos y la cultura organizacional que aún la caracterizan, que se podrá hacer de la educación peruana un factor clave de desarrollo humano, de cohesión social y de fortalecimiento de la democracia en el Perú.

No hay, pues, que limitarse a demandarle a la misma vieja escuela que cumpla sus antiguas y nuevas funciones, a sabiendas que va a seguir fracasando. Ni los cambios de reglamento, ni la necesaria autonomía en las decisiones que conciernen al personal y al presupuesto, ni el aumento de la presión de las familias por mejores niveles de rendimiento académico, ni las amenazas de restricción en la asignación de recursos, ni el eventual traslado de modelos gerenciales desde la empresa privada van a ser suficientes. Hace falta reinventarla, desde su arquitectura misma hasta sus sistemas de gobierno y de enseñanza. Pero esta reconversión será dura y va a requerir estrategias flexibles de gestión, capaces de estimular y acompañar con sagacidad, en toda su complejidad y en contextos de alta diversidad cultural, no simples procesos de mejoramiento y desarrollo, sino de cambio institucional, siempre atravesados de conflicto y resistencias, como también de oportunidades, que se necesita saber anticipar.


Lima, 12 de Noviembre de 2006


[1] Francois Dubet y Danilo Martuccelli (1998), En la escuela: sociología de la experiencia escolar. Editorial Losada, Buenos Aires.

1 comentario:

Patricia dijo...

Y para nosotros la República sigue siendo unpendiente, mientras que los cambios en la producción, la tecnología y el mercado, no nos esperan; más aun parecen amenazar con confinarnos a la producción materias primas