17.2.07

Lo que la educación necesita hacer por la infancia


Foto (c) Jorge Jaime 2006-Ayllu Galería Multimedia

Siempre llamó la atención de la familia la sorprendente facilidad de Giovanna para hacer amigos. Con apenas 3 años de edad, su sociabilidad no conocía límites. Destacaba en especial su habilidad para comunicarse con los adultos, en cuyas conversaciones podía insertarse sorpresivamente con algún breve y sencillo pero atinadísimo comentario. Cualquier conglomerado de extraños en la casa, del que otros niños tenderían a huir, era para ella un objeto de curiosidad inestimable.

No menos asombrosa era la habilidad de Martha con las palabras. Aficionada a los cuentos, cuyo padre le relataba cada noche, esta niña, de la misma edad de Giovanna, disfrutaba tanto las historias que pedía repetirlas hasta el cansancio. Ocurrió un día que su padre debió ausentarse varios meses, aunque cada semana le enviaba una carta que su mamá le leía tres y cuatro veces, sin que Martha despegara los ojos del manuscrito. Un sábado por la mañana, la niña abrió por sí misma la recién llegada carta de papá y empezó a leerla por sí misma, ante la estupefacción de su madre.

El padre de Manuel es músico por afición. Por eso el pequeño Manuel creció rodeado de instrumentos y por fortuna, nadie en la familia le impidió jamás manipularlos con libertad. El niño ponía tanto interés en las canciones de su papá y en los ensayos de grupo que solía haber en casa, que paulatinamente aprendió a reconocer, distinguir y tararear melodías con una facilidad asombrosa. Próximo a su tercer cumpleaños, Manuelito sorprendió a todos tocando con mucho oído, en el órgano electrónico de su padre, duerme duerme negrito, melodía que escuchaba cada noche al acostarse pero que nadie nunca le enseñó a reproducir en el teclado.

Si estas historias, que son reales, se hubiesen contado en 1960, es posible que el primer comentario que provocarían sería algo parecido al oh! que niños tan talentosos, es decir, que alejados de la normalidad, para orgullo de sus padres. Hoy, a la luz de los hallazgos de la ciencia en el campo del desarrollo humano, tendríamos que decir más bien oh! que niños tan comunes. Es decir, qué representantes tan típicos de la diversidad de posibilidades con las que todos nacemos. En efecto, antes no sabíamos, ahora sí, que se nace con un conjunto muy rico de aptitudes en múltiples ámbitos: el lenguaje, la música, las relaciones sociales, el movimiento corporal, el pensamiento lógico y varios más. Aptitudes heredadas que, como el hablar y caminar, requieren oportunidades para aflorar y estímulos para desplegarse, evolucionar y complejizarse.

Giovanna, Martha y Manuel son niños de 2 a 3 años cuyo ambiente familiar y social les ha permitido desplegar sus mejores aptitudes, ponerlas a prueba, mejorarlas, demostrarlas, recibiendo por eso aceptación e incluso aliento. No es el caso de la mayoría. En aquella legión de familias donde la atención de los padres está centrada en los ingresos que les permitan comer, los veloces progresos de estos tres niños pasarían desapercibidos. Aunque, la verdad sea dicha, ocurriría también en familias de sector A y B donde se cree que lo esencial a esta edad es que los niños coman, jueguen y obedezcan, rodeados eso sí del cariño, los cuidados y la protección necesaria. Y punto.

¿Son las necesidades educativas de Giovanna, Martha y Manuel un asunto privado que les toca a sus padres decidir si se atienden o no? ¿O son acaso un asunto público de interés ciudadano? Cada vez que conversamos acerca de niños pequeños y responsabilidad estatal, las primeras palabras que se vienen a la mente de manera espontánea son dos: «atención integral». Este rótulo nos ha servido de refugio durante mucho tiempo a los educadores para no tener que pensar nuevas respuestas a la pregunta ¿qué puede ofrecer la educación pública a los niños pequeños? Hemos creído que orientar a los padres sobre cómo criar mejor a sus hijos o ejercitar sus músculos y movimientos coordinados, además de cuidarlos cuando la madre no esté en casa, era más que suficiente. Y por supuesto, nos hemos apresurado en agregar que también necesitan vacunas y alimentación balanceada, control regular de salud y madres cuya gestación esté siempre bien monitoreada. Atención integral.

Ustedes comprenderán, en este panorama, que si Giovanna, Martha y Manuel no hubiesen disfrutado los estímulos y facilidades que tuvieron en sus casas, el Estado, que según la ley debe garantizar el derecho de los peruanos a recibir educación desde el nacimiento, no les habría ofrecido ninguna oportunidad para el desarrollo de sus notables aptitudes. Como toda herencia genética, si estas cualidades no encontraran ocasión de brotar permanecerían en estado latente, inadvertidas o banalizadas, reducidas al estado de «gracia», apelativo que solemos usar de manera divertida para nombrar las habilidades con que a veces nos sorprenden los niños, sin sentirnos demasiado aludidos.

Pero si la educación, que es el arte de hacer emerger y desarrollar las potencialidades de las personas, no ofrece a estos niños la ocasión de expandir sus mejores capacidades innatas ¿qué otra cosa tiene para ofrecerles? Si hablamos de la que ofrece el Estado, recordemos que el «cuidado diario» de los más pequeños está ahora a cargo del Ministerio de la Mujer, la llamada «estimulación temprana» ha sido asumida por el Ministerio de Salud ¿Qué puede hacer entonces la educación pública a favor de los dos millones y medio de niños de 0 a 3 años que, como Giovanna, Martha y Manuel, hierven en habilidades potenciales en el ámbito del lenguaje, la música, la socialización, el pensamiento o el dominio inteligente de su cuerpo?

Digamos que un tercio de ellos no lo necesita, pues pertenece a familias cuyos ingresos le permiten satisfacer estas necesidades en el circuito privado. Pero el 60% vive debajo de la línea de pobreza. Y aunque es verdad que el Estado debe garantizarles nutrición y salud, lo poco que pone la educación no está mirando cómo hacer más plenas las capacidades infantiles desde los primeros años. En el campo de la promoción de una crianza sana y estimulante, no tenemos una política nacional. Los programas dirigidos a la infancia que alguna vez intentaron llegar algo más lejos fueron excluidos del presupuesto público de educación hace muchos años y hoy, estadísticamente hablando, son apenas un recuerdo. Por eso, parapetarse detrás del rótulo «atención integral» resulta a veces una manera de desviar la mirada hacia otros sectores del Estado y eludir una definición más consecuente del tipo de oportunidades educativas que merece y necesita la primera infancia.

Hay quienes creen que por ser pobres, los niños de los sectores D y E deben darse por bien servidos si se les da alimentos y atención de salud, qué mejor si además un espacio de recreación y cuidado. Entre ellos, sus propias familias, que no perciben la existencia de la multiplicidad de talentos escondidos que hay en sus hijos, esperando la ocasión de salir y demostrarse. O que pueden atisbarla, pero sin concederle valor equivalente a sus necesidades de sobrevivencia.

El desfase de la conciencia paterna respecto de los conocimientos hoy disponibles sobre las inmensas potencialidades de la infancia, puede entenderse. Las familias suelen ser herederas de viejas creencias sobre la niñez, que la reducen a una etapa desvalida y carente de la vida humana, apenas un tránsito fugaz a la vida adulta. Lo que no se entiende es que en el Estado haya sectores que exhiban una visión desinformada y borrosa de las necesidades educativas de la infancia, como si la palabra educación estuviera exclusivamente referida a los rituales de aprestamiento formal atribuidos a los «Nidos» y, por tanto, a los «más grandecitos». Visión que refuerza la idea de que los pequeños sólo necesitan que los quieran mucho, que no les falte alimento y que los dejen jugar.

Pero Giovanna necesita aprender a madurar su sociabilidad, su asertividad, su empatía, su capacidad para desentrañar el comportamiento de los demás, no sólo el ocasional aplauso, pues aún el refuerzo, según lo comprueban los estudios de Michelson, requiere ser constante, oportuno y bien formulado para que afirme en el niño la certeza del valor social de su habilidad. Martha tiene derecho a conservar y aún aumentar sus oportunidades para interactuar con textos escritos, a disfrutar de la magia de la escritura como portadora de sentido, pero también a educar su oído para el sonido, el ritmo y el orden de la palabra hablada, su habilidad para utilizarla de mil formas y con mucha eficacia para comunicar sus necesidades. Manuel puede y debería examinar aún más su habilidad con los instrumentos musicales, desarrollar su capacidad para discriminar melodías y para reproducirlas o aún para inventarlas y para diferenciar sonidos y tiempos al interior de ellas. En la edad en la que están, además, estos niños necesitan tener la posibilidad de descubrir y explorar sus habilidades en todos los campos, lo que significa que Giovanna merece una oportunidad con los instrumentos de Manuel y que Manuel merece una con los cuentos de Martha.

Estas oportunidades son educativas y todos los niños tienen derecho a ellas, lo que significa que el Estado tiene allí una responsabilidad. No es justo que por ser pobres sólo se les ofrezca la posibilidad de ser atendidos en sus enfermedades, nutrirse bien o ejercitar su coordinación motriz, mientras que una minoría de niños disponga además de los medios para desplegar a plenitud todos los dones con que nacieron. La educación inicial, sobre todo la dirigida a los más pequeños, exige la «atención integral» de diversas necesidades infantiles, pero no debe mimetizarse en ella. Cada sector del Estado debe hacer su trabajo a favor de la primera infancia, mejor aún si concertadamente en cada distrito. Pero a la educación le urge replantear su rol y afirmase como la vía más efectiva para hacer emerger y desarrollar, desde los primeros años de vida de los peruanos, el inmenso potencial con que llegan al mundo.

Lima, 17 de febrero de 2007

4 comentarios:

Pachi dijo...

me/te preguntaba si no estás siendo sector-centrista: parece que te quejas de que el MIMDES y el MINSA "nos" hayan ganado la mano, como si no diéramos la bienvenida a muchos "otros" educadores... Hubiera preferido un reclamo del rol capacitador/ informador/ sensibilizador que debe jugar el MED con esos otros proveedores de servicios a la infancia.. aparte o mejor dicho integrado con su rol de proveedor directo de oportunidades de aprendizaje en otros espacios...

(c) Luis Guerrero Ortiz dijo...

ummm... quiere decir que no me he expresado bien. A ver. Más allá del rol que debe jugar el Ministerio de Educación -que hoy cuenta con un estupendo equipo nacional de educación inicial pero con un magro presupuesto- creo que urge discutir en términos más amplios si la educación es realmente necesaria para niños muy pequeños -hay quienes piensan que no, que hay que educar a los padres pero a los niñitos sólo cuidarlos y quererlos- y si es así qué puede hacer por ellos que no sea «estimulación temprana» y que no implique señalar para otro lado pidiendo «atención integral». No se perciben con claridad las necesidades de aprendizaje en los primeros años de vida o se conserva una visión restringida de ellas, porque hay desinformación respecto de lo que hoy se sabe del desarrollo temprano en los seres humanos y nos empantanamos en los mismos lugares comunes de siempre. Es por eso que nos apresuramos a convocar a otros sectores públicos para que aporten nutrición y salud, antes de definir con precisión nuestro propio rol. Soy un creyente convencido de la necesidad de garantizar atención al conjunto de las necesidades infantiles desde que nacen, pero creo que los educadores debemos concurrir a este esfuerzo concertado de diversos sectores públicos con una visión más clara y actualizada del papel que debemos jugar, lo que va exigir replantearnos muchas cosas. Lamentablemente, muchos de los que tienen en sus manos decidir cuánta inversión pública se destina a la educación de la primera infancia, en particular a los dos tercios que viven en pobreza, forman parte de los que siguen pensando que las vacunas y los abrazos bastan. Gracias por tu comentario Pachi!

Sofía dijo...

Todo el mundo sabe que cada sector del Estado debe hacer su trabajo. Y el Estado esta formado por cada ciudadano y no solo de los funcionarios y los burocratas. Bueno, a estos ultimos tienen que pensar, decidir, implementar y evaluar pero todavia no lo pueden hacer en conjunto ni formando alianzas; no niego que existen avances pero todavia hay un camino para lograr la intersectorialidad. No basta hablar de "atencion integral" para decir que estamos todos los involucrados atendiendo y educando a los niños para su desarrollo integral como personas. Asimismo los padres de familia y la ciudadania deben demandar la mejor educacion para sus hijos; de educar esta demanda pocos se preocupan por hacerlo.

De otro lado, los docentes y los amigos cercanos a la educacion inicial debemos estar dialogando y posicionando el tema de infancia. Todavia no somos capaces de creer ni todos estamos haciendo algo respecto a que vale la pena ofrecer ocasiones para aprender a los niños mas pequeños y que tienen capacidades inatas a desarrollar.

Tambien existe el prejuicio de creer que si son pobres o han sufrido alguna carencia no podemos espera mucho de nuestro niños. Y esto es lo peor que puede ocurrir perder la esperanza que los ellos puedan alcanzar su mejor desarrollo. He visto como algunas maestras usan como excusa este pretexto para explicar su desempeño en aula y los resultados de esto. El rol a jugar es un tema conceptual a clarificar para poder seguir avanzando y tener propuestas.

Hasta pronto
Sofia

(c) Luis Guerrero Ortiz dijo...

Gracias por tu comentario Sofi. Tienes mucha razón al decir que uno de los obstáculos más grandes a enfrentar es el prejuicio y la subestimación de los niños. Por eso somos "minimalistas" cuando pensamos en lo que el Estado debe ofrecerles y nos quedamos en lo básico. Y sin quererlo, los hacemos objeto de una enorme discriminación. Para los niños pobres, lo elemental, la supervivencia y la estimulación motriz, con servicios baratos además y encima cofinanciados por sus empobrecidas familias, qué mas quieren. Mientran tanto, el tercio de niños que vive sobre la línea de pobreza tiene acceso a todas las oportunidades para desarrollarse a plenitud. Con su plata, por supuesto. Tenemos, en efecto, mucho trabajo por hacer para quebrar esta manera e entender el rol del Estado en relación a la infancia.