12.3.07

Alicia, la disciplina escolar y la capacitación docente


Foto (c) Proyecto AprenDes-USAID

Felipe es profesor de historia y está haciendo una clase sobre el origen y formación de la cultura andina. Pero Alicia no pone mucho interés en sus explicaciones ni en la tarea que les está dejando. Felipe lo nota y la regaña: «¿Qué pasa contigo Alicia? ¿Estás con sueño o no te importa la clase?». Alicia responde: «Profesor, es que mi papá es historiador y siempre nos ha hablado de esto, además hay muchos libros de historia en casa y yo...». Felipe le interrumpe, enojado: «pues te felicito, pero eso nada tiene que ver conmigo, no esperarás que haga una clase aparte para ti, que sabes tanto… ¡tu me prestas atención y me haces el trabajo igual que todos!». Dos semanas después, durante otra clase de historia, Alicia es sistemáticamente ignorada por Felipe. «Profesor ¿por qué no me hace caso si yo he levantado la mano antes que ellos?» se queja Alicia. «Pero si tu sabes más que todos nosotros… y si no entendiste algo pregúntale a tu papá» le responde, con una sonrisa de triunfo.

Una semana después, Felipe encuentra reventado en su silla un huevo podrido. Indignado, increpa a sus estudiantes: «me van a decir quién ha hecho esto o todos pagarán las consecuencias». El salón enmudece. Pero son varios los alumnos que esconden el rostro para disimular la risa que les provoca la situación, Alicia entre ellos. El profesor lo ha notado y rojo de ira, lanza su último grito: «Alicia, sal del salón… ¡afuera!». Alicia levanta la cara y clava sobre los ojos del profesor una mirada llena de desprecio. Se levanta de su asiento y camina hasta la puerta muy lentamente, sin dejar de mirarlo un solo instante. «Esa señorita no regresa a mi clase» dice Felipe al grupo, todavía molesto pero en el fondo aliviado, por sentir que acababa de resolver un problema para siempre.

Herbert Kelman y Lee Hamilton, dos psicólogos sociales norteamericanos, publicaron en 1989 «Crímenes de obediencia: los límites de la autoridad y la responsabilidad», producto de diez años de investigaciones transculturales en diversos países. Este libro me iluminó de una manera excepcional respecto de dos temas que por entonces empezaban a obsesionarme: la función del castigo y la obediencia en la educación de los niños y en el logro de una disciplina voluntaria. La anécdota de Felipe me recuerda ahora la descripción que ambos hacen de los tres procesos por los que es posible influir en el comportamiento de otros, induciéndolos a cambiar. Vale la pena repasarlos.

En su primer incidente con Alicia, Felipe pudo lograr que se ponga en línea con sus demás compañeros y haga lo mismo que el resto, interés supremo de muchos maestros educados en el valor de la uniformidad, haciendo uso de la intimidación. Para evitar otra reacción colérica del profesor, Alicia aceptó la demanda y modificó su actitud. La otra opción de Felipe era haberle ofrecido una recompensa a cambio de su colaboración y si lograba que Alicia se interese en el canje, también le hubiese hecho cambiar de conducta. Cuando la influencia tiene éxito porque la persona modifica su comportamiento para obtener un premio o evitar un castigo, se dice que este cambio se ha producido por consentimiento.

En su segundo incidente, lo que busca Felipe es que Alicia no pregunte, pues piensa que se cree una sabelotodo sólo porque su padre es historiador y no quiere darle el gusto de lucirse. Para lograrlo, hace uso esta vez de la burla y la humillación. Pero imaginemos por un momento que Felipe modifica su estrategia y abandona la idea de imponerse sobre Alicia de ese modo, eligiendo más bien hacer lo que muchos maestros hacen: nombrarla su asistente. Si a Alicia le gusta la idea, lo más probable es que asuma su nuevo rol con esmero y se ponga de buen grado a las órdenes de su profesor. Cuando la influencia se logra porque la persona cambia su conducta para asemejarla lo más posible al rol que desempeña aquel que la está induciendo a cambiar, se dice que el cambio se ha producido por identificación.

En su tercer incidente, Felipe quiere identificar al autor de la travesura, pero después lo que parece interesarle más es no ser objeto de chacota. Como Alicia no le simpatiza, puede tolerar las risitas burlonas de todos menos la de ella, por lo que aprovecha la oportunidad para «saldar cuentas». Si no fue ella no interesa. Su expulsión servirá de advertencia al culpable y, de paso, se librará de la hija del historiador. Pero supongamos que Felipe eligiera, más bien, decirle a la clase algo como esto: «Ustedes no harían esto a alguien a quien quieren y respetan, por lo que debo suponer que no les simpatizo». En ese momento, Felipe se estaría colocando del lado de los sentimientos del grupo. Imaginemos que agrega la siguiente pregunta: «¿Díganme qué esperan que yo haga durante el curso para que ustedes me respeten más?» e imaginemos que lo hace mirándola a Alicia. En ese momento Felipe se estaría colocando del lado de los valores del grupo. Si los estudiantes lo juzgan sincero, incluida Alicia, le harán sus demandas con franqueza en la confianza que su profesor quiere ser mejor para ellos. A cambio de lo cual, es probable que la pequeña guerrilla que empezaba a iniciarse se suspenda y se muestren dispuestos a oír también sus demandas. Cuando la influencia se produce porque las personas consideran que el cambio que se les propone es coherente con sus creencias y valoraciones, se dice que el cambio se ha producido por interiorización.

Lo que esta y otras investigaciones demuestran, sin embargo, es que este último es el único modo eficaz de influir en otros para generar cambios genuinos –y por lo tanto duraderos- en su manera de pensar y actuar. Hay evidencias contundentes al respecto. Los premios funcionan sólo si son suficientemente atractivos y pueden perder su encanto progresivamente. Las personas pueden incluso colocar su interés en recompensas distintas, asociadas a conductas contrarias a la esperada. Los castigos funcionan sólo si logran atemorizar y pueden perder poder cuando ya no provocan miedo. O cuando otro agente amenaza a las personas con un castigo mayor si modifican su comportamiento. El incidente del huevo podrido es ilustrativo: un grupo de adolescentes empieza a perder temor a las reacciones agresivas del profesor y ensaya sus primeros desafíos a la autoridad.

En otras palabras, los cambios inducidos por consentimiento o identificación son temporales, dependen por completo de una condición. Cuando esa condición desaparece, la conducta inducida se abandona. Y se regresa al comportamiento anterior. Sólo los cambios por interiorización son perdurables, porque pasan a formar parte de las convicciones de las personas.

Ahora bien ¿Qué capacidades debiera exhibir el profesor para influir sobre la conducta de sus estudiantes logrando que valoren e interioricen la colaboración? Felipe es un acucioso profesor de historia, muy actualizado, egresado con altas calificaciones de una universidad prestigiosa. Pero él nunca fue formado para tratar con adolescentes. Como cualquier profesor de secundaria, estudió la carrera concentrándose en su materia, dando por tácito que el aula a la que saldría después estaría compuesta por un grupo homogéneo de jóvenes disciplinados, persuadidos de su deber. Como eso no ocurrió, Felipe no sabe ahora qué hacer con treinta y ocho chicas y muchachos de 12 a 13 años para ganar su interés y hacer que aprendan, lidiando con sus ocurrencias, su manera de hablar y sus tremendas diferencias de sensibilidad y temperamento, sin perder la paciencia ni meter la pata.

Alicia no representa una amenaza. Por el contrario, podría ser un magnífico punto de apoyo para los propósitos de la clase. Pero Felipe no ha sido preparado para objetivar sus sentimientos ni para tomar distancia de ellos, luego, no es conciente de su inseguridad y responde con dureza a lo que percibe equívocamente como el reto insolente de una mocosa. Y como tampoco ha sido entrenado en sus habilidades sociales, apela a la discriminación para ‘defenderse’ de Alicia, sin medir consecuencias. Felipe, que además carece de criterios para analizar conductas sociales y comprender los códigos silenciosos de la comunicación humana, se apresurará en denominar «indisciplina» al comportamiento de los chicos. Como no dispone de un repertorio de estrategias para manejar situaciones de conflicto, se limitará a reaccionar con ira y agresividad. Lo que aumentará, a su vez, el espiral de odios y revanchas. Curso arruinado.

Los pedagogos alemanes del siglo XVIII, citados por Katharina Rutschky en su escalofriante «Pedagogía Negra», sostenían que la disciplina en la escuela no es resultado sino premisa, no es palabra sino acción. Esto querría decir que la disciplina no se enseña en la escuela sino que se aprende en la casa y que en la escuela lo que corresponde más bien es el castigo, no la persuasión. Dos siglos después, esta vieja creencia parece mantener una insólita vigencia. ¿Será por eso que en ningún programa de capacitación docente, figura el aprender a analizar y manejar los conflictos en la clase, a influir persuasivamente en el comportamiento de los alumnos, a construir un clima de convivencia y un ambiente de acogida y comunicación en el centro educativo y el aula?

El problema es que nos vamos de frente a la instrucción y capacitamos en las didácticas de la matemática o en las reglas del idioma, como si educar niños y adolescentes no representara una exigencia lo suficientemente compleja para merecer una preparación especial del profesor. O como si el dócil sometimiento a la clase y al docente fuera una premisa tan válida como obvia, que debe darse de manera natural o, de lo contrario, imponerse a fuerza de reglamento. Lo siento, las cosas no son tan simples. La capacitación docente debe dar oportunidades para aprender a construir en el aula, con inteligencia e imaginación, un clima de cooperación, comunicación y corresponsabilidad, un ambiente en el que no haga falta, como diría Foucault, vigilar ni castigar, fuera del cual no será posible una enseñanza eficaz. En esto consiste también la buena docencia.

Lima, 12 de marzo de 2007

5 comentarios:

Silvia dijo...

Gracias por tus valiosas reflexiones, mi cercanía a los profesores y mi responsabilidad en la tutoría este año, con un grupo "rebelde way", me permiten saborear más tu texto. Los adolescentes retan desde varios frentes y obligan al adulto docente a lidiar con un arco iris de emociones, y es que sus saberes previos, o más bien, sus patrones emocionales y conductuales, moldeados en su paso por el colegio en su intento por tratar a los adultos, son las primeras capas del encuentro docente-alumno y que suelen chocar con nuestras rigideces y nuestra pobreza de recursos. Las estrategias que utilizan frente a un adulto que los ningunea, produce una reacción, que le solemos llamar indisciplina y que son sus intentos por reposicionarse frente a la autoridad vertical del adulto, ganar espacios.
Alicia en tu relato, quiere ser reconocida con lo que trae, con lo que tiene, con lo que es, tu lo ilustras muy bien en el texto que nos regalas. Pero si no llegamos a comprender los mensajes de los alumnos y sólo reaccionamos ante ellos ¿cómo educaremos?

Aún después del insigth que puede permitir el análisis del manejo del aula, desarrollar recursos emocionales es una tarea más compleja para el profesor, ya que cada día en el aula, hay un desafío, alumnos demandando respuesta inmediata, retando la inteligencia emocional y la creatividad del docente. No olvidar además que la tarea docente es mas compleja por las expectativas y atribuciones propias y de los demás.

Creo que si los psicólogos educacionales supiésemos hacer bien nuestro trabajo y pudiésemos acompañar a los docentes, más que una capacitación docente en disciplina, tendríamos que ser interlocutores, propiciar reflexión permanentemente desde un servicio psicopedagógico en las escuelas. Lamentablemente para las escuelas públicas es un lujo que el Estado no paga y en los colegios privados, muchos psicólogos toman pruebas y atienden "casos" aislados de indisciplina y pocas veces se plantean construir una relación de de acompañamiento emocional acerca de la conducción y los estilos docentes.

Mañana vuelvo a enseñar a futuros psicòlogos, el curso es Psicología del Desarrollo y Educación y me voy a permitir citar tu blog, así tendremos más ejemplos, contraejemplos y paradojas en que pensar, quien sabe un día, no lejano, estemos listos para contribuir con nuestro granito de arena en la tarea educativa .

Un abrazo,


Silvia Ochoa Rivero

(c) Luis Guerrero Ortiz dijo...

De acuerdo Silvia. La preparación del docente para el manejo cotidiano de un aula repleta de niños o adolescentes exige dominio de estrategias y mucha capacidad de observación y análisis desprejuiciado de los hechos y los comportamientos. Pero exige también mucha tolerancia, flexibilidad, autocontrol emocional y una asertividad invencible, basado en un lúcido conocimiento de uno mismo, de nuestros lados fuertes y débiles en la relación con los demás.

Nada de esto forma parte de la formación profesional del profesor ni nadie se desvela por subsanar este grave vacío a través de los programas de capacitación en servicio. Seguimos pensando que hacer que sepan más matemáticas o que aumenten su dominio sobre la lengua es lo único que verdaderamente importa. Tampoco hay mecanismos para dar al maestro el sostenimiento emocional que requiere una relación intergeneracional tan intensa y prolongada como lo exige la enseñanza escolar. Lo único que hace el sistema es enviar a un supervisor cada vez que hay eclipse para que vea si cumple las reglas.

El Proyecto Educativo Nacional exige que por cada red de escuelas a nivel distrital se constituya un programa de acompañamiento y asistencia técnica a los centros educativos, que apoye directamente a docentes y directores. Ese debiera ser el nuevo lugar de los psicólogos educacionales, formando parte de equipos interdisciplinarios. A no desanimarse, porque estos nuevos espacios hay que abrirlos a fuerza de perseverancia, hasta quebrar la gigantesca pereza de un sistema al que siempre le es más cómodo dejar las cosas como están y murmurar con desgano que no se puede.

Un gran abrazo

Susana Frisancho dijo...

Silvia, tengo que discrepar en un punto que aunque no es el central de tu argumento, es muy importante como para dejarlo pasar. El problema no es que los psicólogos educacionales no sepan hacer su trabajo... el problema es que los colegios estan llenos de psicologos clinicos, que son efectivamente los que aplican pruebas, evaluan "casos", descontextualizan al estudiante con un enfoque que lo aisla de su contexto de aula, y por supuesto, no tienen ni idea acerca de los procesos psicopedagogicos ni de las variables educativas que afectan tanto a estudiantes como a docentes. Aunque suene duro esto hayq ue decirlo, porque es parte de la profunda problematica que la psicologia aplicada tiene en la actualidad. Parte del tema es la falta de educación que lso colegios (y el mercado) tiene sobre la psicologia, pues no hace diferencia alguna y no solicita psicologos con el perfil y las habilidades adecuadas.

Mary Claux dijo...

Leer el comentario de Silvia y de Susana me hacen pensar en algunos asuntos que requieren no solo de una opinión sino también de una aclaración sobre las concepciones de la adolescencia así como de la psicología educacional.
Sobre el tema de la adolescencia, discrepo en que se vea al adolescente como un "espécimen raro", rebelde y problemático y que, por lo tanto, las personas que trabajen con alumnos de esta edad necesiten tener una preparación especial para lidiar con ellos. Lo que pasa en el relato de Felipe y Alicia tiene que ver más con la concepción de ser humano que tienen estos personajes que con la edad de Alicia. Cualquier persona niño, adolescente, anciano, que es tratado como Felipe trato a Alicia reaccionaría o protestaría de una u otra manera agresiva.
Por otro lado, el comentario de Silvia enfatiza en el aspecto emocional haciendo una separación, como si las emociones o lo emocional fueran algo muy especial, extraordinario o mágico. Esta separación, en la actualidad, es totalmente obsoleta! Cualquier psicólogo que no comprende al ser humano de manera integral (uniendo aspectos cognitivos, emocionales, sociales, motores, verbales, etc.) no es un buen psicólogo. Así, la "rebeldía" (la pongo entre comillas porque estoy segura que la mayoría de adolescentes no la presenta) hay que entenderla integralmente en tanto que implican ensayos de ajuste psicológico y una adaptación a las nuevas y diferentes maneras de ver las cosas.
Con respecto al tema de la psicología educacional, estoy de acuerdo con Susana en su señalamiento que la mayoría de psicólogos que trabajan en los centros educativos no son psicólogos educacionales sino clínicos y por lo tanto no tienen la visión integral que tendría un psicólogo educacional. La mayoría de estos “improvisados psicólogos educacionales” se dedican a evaluar y encontrar problemas emocionales en todo, y por lo tanto, se ven limitados en su comprensión de las situaciones y las relaciones que se dan en un centro educativo. La psicología educacional propone soluciones más integrales e innovadoras que apuntan a la potenciación del desarrollo y las personas. La dinámica psicológica del aula es más compleja que técnicas pedagógicas y de disciplina. ¡Tenemos que partir de una reflexión sobre nuestra concepción del ser humano!!! ¡Eso no es únicamente emocional!!!! Implica representaciones, creencias implícitas, valores, identidades, etc. El psicólogo educacional busca comprender integralmente todos estos aspectos.

Anónimo dijo...

Quizá os pueda interesar el nuevo libro de la Editorial Club Universitario. Se titula Coaching para docentes [http://www.ecu.fm/libro.asp?ref=2250] o quizá para comentarlo en tu web sobre docencia ;)