29.3.07

La buena enseñanza


Fotografía (c) Herbert Salas-Ayllu Galería Multimedia

Si Aldous Huxley nos hubiera propuesto en su más célebre novela no una visión global del futuro de las sociedades humanas sino tan sólo de la educación escolar, en su Mundo Feliz [1] los profesores pertenecerían probablemente a la casta superior de los Alfas. Estos maestros estarían en aptitud de conducir con brillo escuelas públicas pobladas de seres humanos destinados a formar parte de las elites dirigentes, pero gracias no a la manipulación genética ni a la hipnopedia, como conjeturó el escritor inglés en su irónica descripción de un mundo tecnológicamente muy evolucionado, sino a una enseñanza inteligente y comprobadamente eficaz. Si no ha leído la novela de Huxley, no se preocupe. Sólo cierre los ojos por un instante e imagine qué rasgos tendría la enseñanza escolar en un futuro lejano, en las manos del sector intelectualmente más desarrollado de la raza humana.

En las escuelas de aquel fantástico mundo feliz, los profesores tendrían la capacidad de presentar la nueva información a sus estudiantes a través de diversos medios y de una manera tan eficaz y sintonizada con sus expectativas, que todos le encontrarían sentido sin dificultad, despertaría rápidamente el interés general y a nadie le resultaría difícil no sólo recordarla, sino sobre todo utilizarla en otros contextos y en otras tareas. Para lograr eso, todos los profesores partirían siempre exponiendo los objetivos de la clase y sacando máximo provecho del conocimiento previo de los estudiantes. Además, les presentarían la información de manera ordenada, emplearían un lenguaje claro y sencillo, así como imágenes y ejemplos, apelando a recursos como diagramas, videos, maquetas, juegos o mapas conceptuales. Adicionalmente, cultivarían y fomentarían el buen hábito de regresar y reiterar las ideas más importantes de manera constante.

Las escuelas del futuro se caracterizarían, sobre todo, por el entusiasmo de sus maestros y su buen sentido del humor. Lo que se evalúa sería coherente con lo que se enseña en la clase, siendo frecuentes las evaluaciones y autoevaluaciones para comprobar el progreso de los estudiantes y cuidarse de no avanzar un centímetro en el programa sin asegurarse bien que todos lograron los aprendizajes necesarios. Los profesores tendrían, además, la estupenda costumbre de comentar el desempeño de sus alumnos en las pruebas inmediatamente después de haberlas rendido.

Huxley podría haber descrito, así mismo, cual sería la conducta de estos maestros vanguardistas ante la diversidad de aptitudes y conocimientos previos existentes en un aula. Habría dicho, por ejemplo, que en las Escuelas Alfa nadie enseña sólo para el pequeño grupo de la clase que sintoniza más rápidamente con su maestro, sino para todo el salón. Lo que significa que se forman grupos de aprendizaje cooperativo en el aula, asistidos por el profesor en función de las necesidades de cada uno, pudiendo reagruparse de acuerdo a los distintos niveles de habilidad de los estudiantes para tareas específicas y diferenciadas, regresando luego a sus equipos originales. Estaría demás decir que ningún estudiante sería discriminado por ser más lento o tener menos aptitud que otros en determinadas áreas, pues se aprovecharían al máximo las mejores capacidades de cada uno, confiando siempre en sus posibilidades de progresar. Hasta el niño Bernard Marx, un Alfa defectuoso e inadaptado en la novela de Huxley, tendría oportunidades para aprender de manera óptima.

Otro rasgo esencial de esta enseñanza evolucionada sería su capacidad de sostener la motivación de los estudiantes. No habría maestro que no fuera capaz de comprender que sólo cuando hay un genuino interés en algo, las personas se comprometen a hacer lo necesario para aprenderlo. Es por eso que la propuesta de trabajo en clase estaría siempre asociada a los temas de mayor interés de los alumnos o a aspectos relevantes de su vida personal. Les plantearían desafíos cautivantes, que les exigirían agruparse, movilizarse y salir del aula en busca de información, para discutirla después con sentido lógico y con absoluta libertad creativa. Pero regularía también la demanda académica en función de la diversidad existente, de modo de no abrumar a unos ni aburrir a otros, procurando siempre que todos los estudiantes sientan que pueden lograr el objetivo si se esfuerzan y ponen en juego todas sus habilidades.

Naturalmente, también se pondría mucho cuidado en detalles que, según como se traten, pueden ser causa de entusiasmos o desalientos colectivos en un aula de clases. Por ejemplo, a ningún maestro le sería indiferente el mérito o las cualidades demostradas por sus estudiantes, no escatimarían elogios ni dejarían de devolverles información sobre su desempeño constantemente. Tampoco dejarían una tarea sin corregir ni un cuaderno sin revisar, siempre con elemental cuidado y con mucho sentido de responsabilidad. Sabrían usar bien las preguntas y no se impacientarían con aquellos que se toman su tiempo para pensar y responder, estimulándolos con repreguntas. Enviarían notas frecuentes a sus padres comunicando los progresos, antes que las deficiencias, de sus hijos, a fin de que también en casa sean reconocidos por sus méritos. Ofrecerían incentivos a los grupos de trabajo que destaquen en diferentes aspectos de la tarea encomendada en clase, a fin de hacer visibles los distintos logros y habilidades demostrados, lo que estimularía aún más la mutua colaboración dentro del equipo. Harían evidente para cada estudiante, además, los progresos realizados respecto de sus propios desempeños anteriores. Todo esto contribuiría a reforzar de manera continua la motivación por aprender de cada uno.

Por último, en estas escuelas del futuro, los maestros sabrían hacer un sabio uso del tiempo. No se enseñaría como se enseñó hasta inicios del siglo XXI, con la mirada exclusivamente puesta en el plan de clases o en el texto escolar, sino en cuidadosa sintonía con los intereses, las posibilidades y las motivaciones de los estudiantes, razón por la cual el mayor tiempo empleado en el logro de cada aprendizaje sería siempre productivo. El efecto más visible del buen uso del tiempo en clase, sería el aumento significativo del tiempo que cada estudiante dedicaría, gustosa y voluntariamente, en perfeccionar o profundizar y aplicar sus nuevos aprendizajes fuera del horario escolar.

Huxley escribió su novela Un Mundo Feliz en 1932, y los escenarios de manipulación genética y clonación masiva que allí relata fueron descritos veinte años antes de que se descubriera la estructura del ADN. Si acaso hubiera dedicado la novela a la educación del futuro, tal como aquí la suponemos, lo habría hecho, visionariamente, sesenta años antes de que Robert Slavin, profesor de la John Hopkins University, publicara sus tesis sobre efectividad de la enseñanza, apoyado estrictamente en los resultados de diversas investigaciones
[2]. Porque cada una de los rasgos de la buena enseñanza que podrían haber caracterizado a las supuestas Escuelas Alfa, hubiesen sido futuristas a inicios de la pasada década del 30, pero no hoy. Todos han sido verificados en escuelas reales y en maestros de carne y hueso -ninguno con superdotación- de la segunda mitad del siglo XX.

Esto quiere decir que una enseñanza de calidad capaz de producir buenos resultados requiere características como estas, pero que todas ellas están al alcance de cualquier profesor. Claro, de cualquier profesor que acepte que su profesión cambió radicalmente de eje, desplazándose de su capacidad de pronunciar discursos hacia la capacidad de pensar del estudiante. Noten que ninguno de estos rasgos destaca el manejo de métodos didácticos o de programación curricular como un factor primordial, lo que significa que el dominio de formatos de planificación o de metodologías –como se ha insistido tanto a los maestros- no equivale en ningún caso a una enseñanza eficaz. Es que la pedagogía no se reduce a sus herramientas y enseñar es un saber mucho más complejo que aplicar plantillas estandarizadas. A pesar de eso, es una ciencia completamente a la mano.

La buena enseñanza tiene que ver en esencia con la capacidad del profesor para interactuar con sensibilidad e inteligencia en un aula diversa, aunque presuponga también y necesariamente el buen dominio de lo que se busca enseñar. Por cierto, conocer de métodos e instrumentos debe agregarle valor, pero no volverse un sinónimo de enseñanza eficaz, como se ha creído hasta hoy.

Enseñar en sintonía con los intereses y saberes de los estudiantes, adecuándose a las diferencias de aptitud, estilos y ritmos de aprendizaje, motivándolos continuamente a aprender y haciendo un buen uso del tiempo, son cuatro características que necesitan ir juntas, según las evidencias referidas por Slavin. Y deben estar siempre presentes, sea que el docente elija utilizar la pedagogía de proyectos, la de trabajo colaborativo o la de aprendizaje basado en problemas, por citar tres. Como no forma parte de la fantasía literaria de Huxley, no requiere de docentes con inteligencia superior, pero sí les exige determinadas competencias pedagógicas y habilidades sociales básicas.

El problema es que esas son, justamente, las capacidades que debiendo ser piedra angular del nuevo ser y saber docente, columna vertebral de su formación profesional, parte sustantiva de los criterios que nos permitan distinguir una buena de una mala enseñanza y base de la evaluación a maestros, no lo son hoy. Mal que nos pese, seguimos obstinados en capacitar y evaluar profesores en planificación, contenidos y métodos, alimentando la ilusión de que con eso basta.

Lima, 29 de Marzo de 2007


[1] Aldous Huxley, Un Mundo Feliz. Editorial Plaza & Janés, Madrid, 1985.
[2] Robert E. Salvin (1996). PREAL documentos N°3. Salas de Clase Efectivas, Escuelas Efectivas: Plataforma de Investigación para una Reforma Educativa en América Latina.

1 comentario:

Ludwig Mercado Díaz dijo...

Hola Lucho; leyendo este artículo acabo de recordar acerca de la aplicación de la neurociencia a la pedagogía con el fin de diseñar experiencias de aprendizaje que compatibilicen el cerebro y el cuerpo. El aprendizaje puede hacerse divertido si se estimula un clima de emociones y si se logra que los estudiantes le den significado a lo que aprenden.