18.11.07

La teoría de los mínimos


Fotografía © Juan Carlos Carrillo 2007

Mi tía Clara es directora de un colegio público en una cálida ciudad de la costa norte del Perú. Ella tiene un paladar muy cultivado y es fanática del chinguirito, las patitas de cerdo en zarza y el seco de cabrito, platos que prepara como nadie el día que se le antoja. Pero, eso sí, su verdadera pasión es la pedagogía. Mi tía ha estado en primera fila en todas las actividades oficiales de formación docente desde 1995 y si le preguntan, les hará un encendido e ilustrado elogio del cambio de orientación del currículo escolar. Mi tía está muy convencida de la necesidad de abandonar la educación memorista y de que los estudiantes aprendan sobre todo a pensar. Solo que Clarita es, a la vez, como lo digo… una mujer muy pragmática. Quiere decir que cuando ve que algo no está funcionando, opta siempre por lo mínimo menos malo.

Si no me creen, les contaré que el día que quiso pintar su centro educativo y no consiguió financiar la cantidad de galones que necesitaba para todo, con lo poco que obtuvo decidió pintar sólo la fachada del colegio. Y ahí lo dejó. Lo mismo le pasó la vez que sus padres de familia no reunieron los fondos necesarios para reparar los baños. Entonces decidió habilitar por lo menos un caño y cerrar los servicios, prohibiendo terminantemente a los alumnos acercarse a ellos. Y volteó la hoja.

Los que conocen a mi tía, saben que ella es así. Pragmática. Por eso no se sorprenden que, a pesar de sus convicciones, no se haga problemas con los docentes del colegio que sólo enseñan contenidos y no dan oportunidad a los alumnos, por ejemplo, de desarrollar sus habilidades de pensamiento lógico o su competencia para resolver problemas. ¿No que estabas contra la educación memorista? le dicen los que no comprenden su filosofía. Pero ella responde siempre con sencillez: si son buenos expositores y sus alumnos los entienden, pues eso es mejor que nada. Es decir, mi tía cree que si no saben cómo se hace para que los chicos adquieran competencias, por lo menos que les enseñen bien los conceptos. Y cuando llega a una conclusión como esta, voltea la hoja.

Algo parecido le ocurrió el día que descubrió que varios de sus profesores de primaria se limitaban a hacer que sus estudiantes llenen los cuadernos de trabajo de las áreas de comunicación y matemática todo el año. Un ex-funcionario del Ministerio de Educación, compadre suyo, le dijo entonces que no se preocupe, que esos cuadernos fueron diseñados por si acaso el profesor no sabía enseñar otra cosa, de ese modo los niños, aún limitándose a ellos, aprenderían por lo menos algo. Clara lo sintió muy afín a su manera de ver la vida y lo aceptó de buen grado. Luego, volteó la hoja.

A estas alturas de la historia, estoy seguro que ustedes no se sorprenderían si les digo que después de mucho forcejear infructuosamente con sus profesores de primer y segundo grado para que enseñen a sus niños a leer y comprender, así como a escribir de manera creativa, mi tía terminó por aceptar que estos profesores sólo estaban en capacidad de enseñarles a que descifren y reproduzcan los signos convencionales de la escritura. Ah, pero eso sí. Mi tía les exigió que, por lo menos eso, lo enseñen bien. Y volteó la hoja.

Lo que no les he contado es el día en que Clara recibió en su provincia la visita de una importante autoridad educativa. Luego de la conferencia que ofreció el ilustre visitante acerca de las medidas oficiales en formación docente, mi tía, siempre bien informada, planteó una duda. Preguntó por qué insistir en métodos didácticos, si lo que faltaba a los docentes era formación pedagógica, ya que no sabían promover aprendizajes creativos ni hacer uso de estrategias tan esenciales como la investigación o el trabajo en equipo. Y la respuesta que obtuvo fue la siguiente: somos concientes de esas otras necesidades pero no hay posibilidad de atenderlas todas, el programa en marcha busca solucionar por lo menos esto. Por lo menos esto, repitió una atónita Clara para sí misma. Le sonaba conocido… Lo pensó unos minutos y luego se dijo: vaya, es razonable. Y volteó la hoja.

No se si mi tía lo sepa, pero a comienzos del siglo XX, Wilfredo Pareto, un economista y sociólogo italiano, observó que el 20% de su sociedad ostentaba el 80% de algo y, por el contrario, el 80% de la población tenía sólo el 20% de lo mismo. Este tipo de proporcionalidad podía encontrarse en muchos ámbitos, como si fuera un principio, y así fue como nació la regla 80/20, según la cual el 20% de cualquier cosa produciría el 80% de los efectos, mientras que el 80% restante sólo cuenta para el 20% de los efectos. A esto se le conoce hoy como el principio de Pareto.

Basados en este principio, hay quienes sostienen que es posible alcanzar la mayor parte de lo que deseamos invirtiendo una cantidad relativamente menor del esfuerzo previsto, si sabemos elegir dónde exactamente es que conviene colocarlo. Digamos que si el 20% de los productos de la librería que también tiene mi tía a dos cuadras del colegio le generan el 80% de sus ingresos, tendría que concentrar sus esfuerzos en sacar brillo sobre todo a ese lado de su vitrina, en vez de dispersarlos en afanes menos rentables.

Si se dan cuenta, sin embargo, este no es exactamente el principio que aplica la tía Clara ni muchos que comparten con ella la misma filosofía. Cada vez que mi tía elige lo mínimo menos malo y voltea la hoja, lo que está haciendo en realidad es resignarse a no cambiar y a justificar su resignación en nombre del realismo; de ningún modo eligiendo concentrar esfuerzos en la pequeña parcela que va a hacer posible el máximo resultado, como diría Pareto.

Varios de los profesores del colegio de Clara piensan que el 80% de sus alumnos no van a prosperar en los estudios ni a ser nada en la vida. Ellos sostienen que la pobreza del medio, su mala alimentación y la poca instrucción de sus padres son lastres muy difíciles de superar. Por eso justifican concentrar sus esfuerzos en el 20% de la clase que sí parece tener las condiciones de aprender y hasta de rendir sobresalientemente. El resto, suelen decir, gana bastante si por lo menos aprende a leer y escribir, a sumar y a ser honrados. Esto, señores, no es el principio de Pareto, sino la simple ideologización de la ley del menor esfuerzo.

Los profesores de mi tía que sólo saben pararse delante de la clase y hablar toda la mañana, pero mostrando un buen dominio de los contenidos del currículo, una gran capacidad explicativa y mucha disponibilidad para responder preguntas, no tienen que ser despedidos ni condenados al fuego del averno. Son maestros que se esfuerzan por hacer un trabajo serio y muestran cualidades que muchos otros no exhiben. Pero mi tía se equivoca si cree que dejarlos parados en esa estación, sin animarlos a proseguir el viaje hacia mayores niveles de desarrollo profesional, es una decisión ventajosa para ellos y para los estudiantes.

Adquirir las competencias que demanda el currículo supone niños y adolescentes que ponen a prueba continuamente su habilidad para enfrentar desafíos, evaluando cada situación, examinando sus opciones, discerniendo sus posibilidades. Esto no se logra con un profesor que sólo sabe dar discursos, por más brillantes que sean. Ese profesor, porque cree en su profesión y se esmera en hacer bien lo que hace, puede aprender cosas nuevas y enriquecer su pedagogía. A menos que seamos nosotros los que queramos ahorrarnos el costo de formarlo y acompañarlo. Si ese es el caso, la tía Clara debería sincerarse y decir: no tengo tiempo para hacerlo avanzar o no se cómo hacerlo, asumo la responsabilidad por todo lo que sus alumnos no podrán aprender de esa manera. Pero no, la tía prefiere aplicar la teoría de los mínimos y decir, con forzado optimismo, que con buenas clases expositivas los chicos podrán lograr un buen dominio de conceptos, por lo menos.

Este tipo de pragmatismo, que reduce todo al mínimo posible y se instala en él sin avanzar a la siguiente estación, ha sido siempre una puerta abierta a la mediocridad. Pragmático es el profesor de tercer grado que no se quiere hacer cargo del 80% de sus alumnos que lee sin comprender y decide continuar su clase, dedicándose al 20% que por lo menos lee y entiende a medias. Como pragmática fue la maestra de segundo grado que no perdió el sueño porque sus alumnos pasaran a tercero sin entender lo que leen, pues el 80% terminó sabiendo, por lo menos, reconocer, pronunciar, dibujar y articular las letras para formar oraciones. Y pragmática es mi tía cuando acepta estas situaciones en su colegio como no tan malas en el fondo, si acaso implican a maestros con cualidades que se esmeran en dar lo mejor de sí, así su techo pedagógico sea muy bajo.

Clara dice que no se puede jugar al todo o nada en educación, porque entonces nos inmovilizamos y no somos capaces de dar ni un solo paso en dirección al cambio. Mi tía es sabia cuando dice eso. El problema es que con estas decisiones pragmáticas que les cuento, ella no da pasos, sólo se queda parada en el primero diciendo que eso es mejor que nada. Porque, valgan verdades, mi tía no tiene ningún plan bajo la manga para dar el segundo. Ni el tercero. Aunque jamás lo admite ni lo admitirá, mi tía está más cerca de la realpolitik de Otto von Bismarck que de la regla de Pareto, pues sus intereses prácticos terminan pesando más que sus principios y convicciones pedagógicas.

El próximo domingo almuerzo en casa de mi tía Clara. Y aunque no se si seré capaz de convencerla de que el realismo pragmático requiere de estrategia y ambición para no estancarse en el primer peldaño ni confundirse con el conformismo y la resignación, se que comeré el mejor seco de cabrito de toda la costa norte. Por lo menos eso.


Lima, 18 de Noviembre de 2007

1 comentario:

MÓNICA S. dijo...

Excelente artículo Luchito.
Muchas veces me pregunto cómo ayudar a mis profesoras para que sean conscientes de seguir aprendiendo, cuestionándose, avanzando... Creo que las personas que apoyamos y damos un servicio desde la dirección o la coordinación de estudios debemos alentar y mantener viva la ilusión de nuestros maestros por dar lo mejor. Debemos alentarlos para que corran riesgos y ensayen nuevas metodologías. Debemos acogerlos con cariño cuando se equivocan, ayudarlos a encontrar soluciones a sus dudas, escucharlos cuando se sienten agobiados, flexibilizar o eliminar procedimientos admnistrativos,etc, etc.
Hace poco conversamos que nuestra profesión es muy solitaria a la hora de tomar decisiones...pues cambiemos eso...trabajemos en equipo: directores, coordinadores, maestros, alumnos, PPFF, especialistas... Nuestros niños y niñas merecen que trabajemos por ellos dando el máximo esfuerzo y no sólo el mínimo.
Es también labor de la dirección o equipo directivo reubicar a los profesores en los puestos que le permitan desarrollar y potenciar más sus talentos en favor de los alumnos, formar equipos docentes donde la experiencia, las características personales y los estilos de enseñanza se complementen y favorezcan, incorporar progresivamente programas y metodologías innovadoras con la capacitación personalizada que el profesor requiere, acompañar al profesor y adecuar los cambios a la realidad de la institución.
Cuando pensamos en los maestros y en la larga lista de demandas que la sociedad les exige, yo me pregunto donde estamos los directores y coordinadores...acaso somos nosotros los que no tomamos las decisiones y nos acomoda más dejar que nuestros maestros sigan en el primer paso, impidiéndoles avanzar o abandonándolos... para luego decir que "son sólo ellos los que trabajan dando el mínimo". Pienso que el trabajo y las responsabilidades son compartidas...ahora espero que nuestra mirada a los problemas educativos nos lleven a preguntarnos y cuántos pasos hemos avanzado juntos...

Cariños y bendiciones,
Mónica S.