16.12.07

Actuar, pensar y aprender


Fotografía © Willi Gamboa, Ayllu Galería Multimedia

A Raquel le bajó la presión de inmediato al encontrarse a primera hora de la mañana con tan penoso espectáculo. Las mesitas y las sillas de su modesto jardín de la infancia no escolarizado, uno de los tantos de los que era formalmente responsable, habían desaparecido. Tampoco estaba el armario de madera ni los juguetes ni utensilios que llevaba adentro. El pequeño bañito que había hecho construir hace poco con ayuda de las familias del barrio, se había convertido ahora en un espacio vacío y húmedo, con enormes perforaciones. Sólo quedó la escoba y el recogedor, que poca falta hacían ya en verdad, pues los ladrones habían dejado el local completamente limpio.

Pero Raquel no era una maestra acostumbrada a llorar desventuras. La situación era terrible, pero había que resolverla y pronto, si quería que los veintitrés niños allí inscritos puedan seguir recibiendo educación sin mayor demora. Acudió a la oficina local de educación y allí le dijeron que lo que el Estado no había comprado no lo podía reponer. En vano perdió tiempo explicando que esos 23 niños el Estado los contabiliza para sus estadísticas de cobertura, gracias a que las familias ponen local, muebles y materiales, además de trabajo prácticamente voluntario. La palabra reciprocidad no la habían escuchado antes. Movidos quizás por la compasión, le dijeron que haga su solicitud, pero que no sabían qué tiempo tomaría la respuesta ni le aseguraban nada.

Raquel, sin embargo, se conoce bien y no se desalienta con facilidad. Sacó entonces su libreta de teléfonos y buscó nombres que en una situación como esta no pudieran fallarle. Allí encontró el de varias amigas suyas que eran directoras de centros de educación inicial. Sólo necesitaba cuatro mesitas y 23 sillitas. Y sabía que a alguien tenía que sobrarle alguna que ya no usara. En efecto, al cabo de 4 días, nuestra maestra, gracias la generosidad de sus colegas, obtuvo mesas, sillas y armario, además de varios materiales necesarios para las actividades de los niños. Raquel también visitó el municipio y con su ayuda logró no sólo reponer los baños arrancados por los maleantes sino obtener puertas y cerraduras más seguras que las que tenía antes.

Verónica es amiga de Raquel y a ella le ocurrió algo distinto. Después de varios años de enseñar en un centro educativo público decidió cambiar de trabajo y se empleó en una oficina que le dio como primera tarea hacerse cargo de las cuentas de un festival escolar. Verónica jamás había hecho algo semejante y sintió los mismos escalofríos de Raquel el día que se enteró.

Pero ella, como su amiga, tampoco es de las que se amilanan frente al reto. No dijo no y lo primero que hizo fue evaluar la situación, es decir, los pormenores de la actividad y todo aquello que generaba gasto y movimiento de caja para tomarle el pulso a la complejidad del encargo. Luego, recordó que antes acostumbraba apoyar a su parroquia en las cuentas de las Kermés y que siempre le fue bien. Aunque las diferencias de magnitud eran notables, Verónica se apoyo en ese esquema de trabajo y lo adecuó a las circunstancias. Y así fue como, efectuado el Festival de marras, Verónica recibió efusivas felicitaciones por su pulcra administración.

Es curioso, pero maestras como Raquel y Verónica, dos mujeres que saben de lo que son capaces y que saben enfrentar retos, apoyándose sencillamente en sus propias habilidades y haciendo uso de su capacidad de pensar, no han logrado comprender, a pesar de los años transcurridos desde la reforma del currículo de educación básica en el Perú, qué cosa es una competencia y cómo es que se puede aprender en un aula de clases. Es decir, al igual que muchos docentes tan competentes como ellas, no han logrado reconstruir el concepto analizando sus propias experiencias de vida.

Para quienes no lo recuerden, hacia mediados de la pasada década y en sintonía con un movimiento continental de reforma curricular animado por UNESCO, llega al país el debate sobre la orientación del currículo de Educación Básica, poniéndose en cuestión la fragmentación que hacía del conocimiento y su foco en la adquisición de contenidos de información. El telón de fondo era sin duda la Conferencia Mundial Educación Para Todos celebrada en 1990 en la ciudad de Jomtién, en la lejana Tailandia, que invitaba a preocuparse más por los aprendizajes efectivamente logrados a consecuencia de la escolaridad, tanto como el célebre Informe de la Comisión presidida por Jaques Delors en 1993, que trazó las primeras líneas de la educación requerida para el inminente siglo XXI.

Este debate, lamentablemente, derivó en una discusión ideológica, dejó heridas innecesarias y una secuela de confusiones y animadversiones que ha llevado a muchos a no querer volver a sacar el tema del baúl, para no reavivar absurdas enemistades. Aunque el viejo currículo organizado en asignaturas y basado en el aprendizaje de conceptos, fórmulas y datos dejó de existir oficialmente, ha seguido vivo en la cabeza de una inmensa cantidad de maestros, de padres de familia, de especialistas y aún de connotados miembros de nuestra clase dirigente, que siguen pensando que aún tiene vigencia el esquema de cursos con el que ellos y nosotros estudiamos en el colegio, antes que se inventara el Internet y los teléfonos celulares. Después de todo, aunque el enfoque de competencias impregnó los nuevos currículos, lo hizo sólo de manera parcial. Las ambigüedades resultaron inevitables, convirtiéndose post facto en teoría curricular las difíciles transacciones conceptuales que los diseñadores tuvieron que realizar para no terminar peleados.

Si Raquel y Verónica, en su momento, hubiesen sido invitadas a revisar sus experiencias de vida, libres de todo prejuicio, hubiesen podido comprender sin dificultad que una competencia no era otra cosa que la capacidad de resolver problemas o lograr propósitos haciendo uso pertinente, creativo y flexible de la diversidad de saberes que posee una persona y/o que están disponibles en su entorno. En otras palabras, ambas profesoras, comprenderían que demostraron competencia porque actuaron inteligentemente en cada circunstancia, adecuando sus actos a sus distintos propósitos y a las particulares características de sus distintos contextos. Naturalmente, eso no es posible de hacer cuando se actúa de manera estereotipada, sin usar la cabeza.

Raquel y Verónica son maestras que poseen conocimientos y habilidades diversas. Noten, sin embargo que no ha sido ese caudal de saberes lo que las ha hecho competentes para afrontar sus desafíos. Y es que, aunque a muchos les ha resultado difícil distinguir esto, tener capacidad crítica o de observación o facilidad para comunicarse, saber redactar, conocer bien un reglamento, poder sacar un promedio o leer un gráfico de barras, siendo aprendizajes necesarios que nadie ha querido nunca abolir, no vuelve competente a nadie. Demuestra su competencia quien sabe, además, emplear ese conocimiento específico o esas habilidades específicas para construir una respuesta efectiva a una situación determinada, allanando una dificultad o abriendo camino al logro de un objetivo. Eso es exactamente lo que hizo Raquel y eso mismo fue lo que hizo su amiga Verónica.

En algún tramo del camino, a lo largo de la pasada década, no faltó quien sostuviera, basado en cierta literatura, que competente era el que hacía bien algo. Esta simple definición nos contentó por un tiempo breve, hasta que llegamos a la evidencia que conductas automatizadas, a pesar de lo efectivas que puedan ser, no son conductas competentes, porque son irreflexivas, no emergen de un análisis de la situación, son sólo estereotipos que se reiteran en situaciones y condiciones similares con un buen resultado en un campo delimitado.

Raquel sabe hablar correctamente, llenar una agenda de direcciones y hacer llamadas telefónicas. Pero ella actuó competentemente ante el robo del que fue víctima no en virtud de esas tres habilidades, sino porque tuvo capacidad para evaluar el contexto y establecer el tipo de desafío que representaba para ella. Y, a la vez, para evaluarse a sí misma, tanto en sus posibilidades de respuesta como en su ánimo para afrontar la situación. Es por eso que, acto seguido, Raquel pudo utilizar con inteligencia su agenda de direcciones. Eso se llama saber evaluar las oportunidades y recursos disponibles en el propio entorno que puedan ser útiles para lograr lo que se busca.

No obstante, Raquel ha educado a sus niños en la idea que ser competente en cada ámbito del currículo es algo que cada uno logrará por añadidura y por cuenta propia, luego de aprender una miscelánea de nociones, pequeñas destrezas, técnicas, datos y demás capacidades sumamente específicas. Nunca imaginó que sólo el aprender a utilizar todo eso de manera reflexiva y creativa para afrontar un determinado reto, es lo que los iba a volver competentes. Menos aún que ese aprendizaje debía ser parte medular de su enseñanza. Claro, si a Raquel no se le ocurrió es también porque nadie se lo dijo. Recordemos que para la expectativa oficial, los aprendizajes más acotados –siendo valiosos y sin duda necesarios- eran más que suficientes.

El actual Diseño Curricular Nacional, siendo un esfuerzo de integración indiscutiblemente meritorio que superó la insólita proliferación de currículos que padecimos en el pasado, ha dejado esta vieja deuda sin pagar. Quizás para no despertar el indeseable fantasma de la reforma curricular. Es decir, el de una enésima reforma del currículo, un deporte que en nuestro país tiene muchos aficionados. Pero también es verdad que, doce años después del pionero programa curricular que intentó articular la educación inicial con la primaria desde un enfoque de competencias, podríamos poner a prueba nuestra competencia para sostener un necesario debate pedagógico maduro, racional, desprejuiciado, ese que las prisas y urgencias de cada día nunca le deja tiempo ni oportunidad.

Lima, 16 de Diciembre de 2007

3 comentarios:

eureka dijo...

Estimado Luis, hace algún tiempo vengo leyendo tus propuestas sencillas pero profundas y sobretodo de avanzada, dignas del gran maestro y pensador que eres.Sin embargo preocupa que tu voz sea casi solitaria. Siempre tuve preocupación por la educación y pocas veces encontré tantas coincidencias en otras propuestas, es más, siempre inculqué a ser como Raquel y Verónica a mis alumnos, a mis hijos y a los docentes cuando fui director. Te invito a http://amoluegovalgo.blogspot.com estoy empezando con temas sueltos hasta febrero que termine de sistematizar mi propuesta. Tus comentarios me serán de suma utilidad.

Mario Mallaupoma dijo...

Espero que siga publicando más articulos, muchas gracias por compartir su conocimiento con nosotros espero verlo muy prnto en otra oportunidad...

Anónimo dijo...

Es muy interesante esta publicacion y coincido mucho que podemos encontrar nuestra propias soluciones eficaces hacia un problema en nuestras propias vivencia, pero tambien quiero resaltar que en esta lectura estas dos mujeres tienen pacion por lo que hacen , eso hace que luchen por sus ideales.