23.4.09

¿Cuándo educar puede volverse una pasión?


Fotografía (c) shuichi_youko9/ www.flickr.com

¿Cuál es el mínimo de condiciones que una persona requiere para amar lo que hace y para perseverar en su entusiasmo contra viento y marea? ¿Existen personas apasionadas por sus opciones o sólo gente común que unos días se inflama y otros días se aburre o se estresa haciendo las mismas cosas? El alto grado de identificación que uno podría lograr con su quehacer principal en la vida ¿Es compatible con la ansiedad, el cansancio y hasta la angustia que este quehacer pudiera producirnos en varios tramos del camino? ¿Depende sólo o principalmente del profesor que un estudiante se entusiasme por aprender o depende más bien de las muy diversas influencias a las que está sometido a largo de su vida? Resumo en estas cuatro preguntas los agudos comentarios de Fernando Bolaños y Dania Franco a una nota anterior, en la que distinguía tres maneras de educar, siguiendo la teoría de Mihaly Csikszentmihalyi: la marcada por el estrés, la atravesada por el tedio y la guiada por la pasión.

Respecto a la primera pregunta, es verdad que las emociones dependen más de las circunstancias que de la voluntad, pero también es cierto que la voluntad puede crear las circunstancias que hagan surgir la emoción. He conocido maestros que creen que su motivación, sus decisiones y su comportamiento dependen básicamente de factores externos y por lo tanto de una voluntad ajena, considerándose siempre víctimas de sus circunstancias. Pero he conocido también a maestros que se sienten capaces de modificar su realidad y de construir las condiciones que les permitan avanzar hacia sus objetivos. Es decir, que no se sienten víctimas sino protagonistas.

Ahora bien, hablar de la posibilidad de vivir el quehacer educativo como una pasión no es hablar del mayor o menor grado de placer que pueda provocarme alguna actividad coyuntural, sino del agrado y satisfacción de mis opciones de largo plazo, las que determinarán el tipo de actividad que realizaré siempre. Hay maestros que pueden sentir menos agrado por lo que eligieron o lo que les tocó hacer hoy, pero nada podrá quitarles el agrado de enseñar. Algunos podrán sentirse menos satisfechos que otros al no haber alcanzado todas sus metas o no disponer de las condiciones que le permitan hacer aún mejor lo que hacen, pero aman lo que hacen y eso es algo que no pueden disimular.

Respecto a las otras preguntas, no hay duda que cualquier ser humano normal atraviesa diversos estados emocionales. Quien vive la educación como una pasión no es invulnerable a la tristeza, la angustia o el aburrimiento. Más aún si el camino que me conduce a las metas donde he colocado mis afectos puede estar lleno de retos. Se que afrontarlos me va a suponer una cuota inevitable de estrés, peor aún cuando no elijo el mejor modo de hacerlo y debo, además, hacerme cargo de mis frustraciones para poder seguir adelante. Pero si amo lo que elegí hacer en la vida, nada de esto implica necesariamente el deseo de tirar la toalla y abandonar el juego.

Finalmente, si la pasión por enseñar y aprender existe y es tan productiva ¿De quién depende que surja? La respuesta no es simple, pero estoy convencido de algo: aún en las circunstancias más adversas, es la calidad de mis vínculos con los otros y mi certeza de que sólo la curiosidad, el deseo y la aspiración llevan a la gente a mover montañas, lo que no permitirá que me instale en ninguna rutina tediosa ni amargada. Gracias Fernando y Dania. Hasta pronto.

Publicado en Pluma y Oído
Coordinadora Nacional de Radio

Lima, viernes 24 de abril de 2009

15.4.09

El bello oficio de pensar contra toda esperanza


Fotografía © josepachi/ www.flickr.com

En un municipio pobre de Benguela, provincia de Angola, un país ubicado al suroeste de África, la maestra de segundo grado de una escuelita pública desprovista de los medios más elementales para cumplir con eficiencia los objetivos de cualquier lección, no se achica y decide emular a Sócrates. Sin más recursos que su habilidad para hacer preguntas que inviten a pensar y su convicción de que los niños tienen mucho que decir, elige hacer una clase sobre los seres vivos. Es lo que anuncia, agregando la promesa de salir a visitar algunos lugares cercanos donde con seguridad se podrán encontrar algunos seres vivos. Los niños la escuchan con atención.


Pero antes de salir me gustaría saber si alguno de ustedes ha visto algún ser vivo hoy por la mañana, les preguntó. Yo, dijo una niñita. Aquí, en este arbolito, al lado de la puerta hay un pajarito… y esta vivo! ¿Están seguros que esta vivo? Pregunta la profesora. Si señorita, responde otro niño, porque está volando. ¿Y han visto otro ser vivo? vuelve a interrogarlos la profesora. Se produce un breve silencio. Señorita, señorita, dice un niño, acaba de entrar un mosquito… ¡Y esta vivo! ¿Ah sí? dice la maestra. Pero ¿Cómo saben que está vivo? repregunta. ¡Es que me acaba de picar señorita! Dice el pequeño. Los demás niños ríen a carcajadas.

Bien, dice la maestra, antes de salir quiero saber si han visto algún otro ser vivo aquí en esta aula. ¿Otros seres vivos? no señorita, le responden sus alumnos. ¿Cómo? Dice la profesora, entonces ¿Quiere decir que todos nosotros estamos muertos? ¡Noooooo! Responden en coro los niños. ¿Por qué están tan seguros de que no estamos muertos? continúa la profesora jugando con las preguntas. Y los niños empiezan a argumentar a favor de la tesis de que están vivos. La maestra anota en la pizarra todas sus intervenciones antes de salir a la visita prometida. El salón hierve en ideas.

Esta historia me la contó José Luis Encinas, un experto peruano destacado a Angola por la Unión Europea a asesorar los programas de formación docente de ese país africano, para ilustrar con un ejemplo sencillo cómo es que aún en las condiciones más adversas, donde todo parece imposible, donde no hay Lap Tops para cada niño y Finlandia queda más lejos que nunca, nada impide enseñar ni aprender a pensar. Claro está, hace falta un profesor o profesora convencidos de que educar, como ya decía Montaigne en el siglo XVI, no es llenar un vaso sino encender una antorcha, convencidos además de que la pobreza no vuelve subnormal a la gente y de que los niños también piensan.

Por supuesto, también hará falta una escuela cuya organización aliente y facilite esa manera reflexiva e indagativa de aprender, en vez de apurar al profesor para que avance su programación anual -no importa si a costa de los aprendizajes- o de confinarlo a las cuatro paredes de su aula o de alimentar prejuicios segregando a los que cree menos aptos en secciones y turnos de menor jerarquía. El currículo escolar es enfático en su demanda de formar en los alumnos el pensamiento crítico y divergente y aún la capacidad de razonar desde el código científico. Curiosamente, no es así como se suele formar a los maestros ni es para facilitar esa pedagogía que están diseñadas las escuelas. ¿No sería bueno empezar a alinear la formación y la organización escolar con la calidad de aprendizajes que necesitamos promover? Hasta pronto.

Publicado en Pluma y Oído
Coordinadora Nacional de Radio
Lima, viernes 17 de abril de 2009

9.4.09

Harry el sucio y la ingratitud


Fotografía © reminem/ www.flickr.com

Si usted tuvo la ocasión de ver los tres episodios de El Padrino, películas inolvidables basadas la novela del mismo nombre escrita por Mario Puzo en 1969, no le será difícil comprender cómo un personaje con poder puede ser compasivo y protector, a la vez que ladrón y asesino. Quienes recuerdan a Pablo Escobar, famoso narcotraficante colombiano abatido en 1993, sabrán también que quien fue sindicado responsable de más de 4 mil homicidios y jefe de una de las mafias más poderosas de ese país, fue al mismo tiempo un hombre muy querido por los pobladores de las comunidades que protegió y benefició con servicios públicos que el Estado no les proveía.

La semana pasada escuché en el taxi la llamada telefónica de una señora al programa radial de Jorge Bruce, contestando los argumentos empleados por otros radioyentes para justificar a Alberto Fujimori, ex-presidente peruano que acaba de ser condenado a 25 años de prisión por autoría mediata de crímenes de lesa humanidad durante su gobierno. Los defensores del acusado se quejaban de ingratitud, una palabra que en las últimas horas han repetido mucho. Es decir, cómo podemos los peruanos atrevernos a acusar y a condenar a una persona que ha hecho tanto por nosotros.

La señora en cuestión decía, por el contrario, si acaso un padre que provee a sus hijos de alimento, salud y educación -como Vito Corleone con su familia- tiene licencia para violar y abusar. Y si acaso puede llamarse ingratitud a la reacción de los hijos en contra de la prepotencia, la arbitrariedad y la violencia del padre.

En efecto, pareciera que la penosa tradición autoritaria y militarista de nuestra historia republicana, aristocrática y elitista por añadidura, hubiese predispuesto a vastos sectores sociales a la indulgencia. A una indulgencia ciega con quien abusa del poder y lo ejerce en su provecho, siempre y cuando atienda sus necesidades en alguna medida. Al General Manuel Odría, dictador y golpista que gobernó el Perú a mediados del siglo XX metiendo a la cárcel a todos sus opositores, se le atribuye la famosa frase: la democracia no se come. Coherentemente, el hizo mucha obra pública y tuvo apoyo popular.

Quienes ya tenían edad para entrar al cine en 1971 recordarán a «Harry el Sucio», inspector del Departamento de Policía de San Francisco encarnado por Clint Eastwood, que transgredía la ley para ganar eficacia en su rol policíaco. El personaje de esta notable película dirigida por Don Siegel proyectó la imagen de un hombre enérgico y eficaz, capaz de resolver problemas, pero también la del respeto al derecho como obstáculo a la justicia.

Tristemente, esa es una noción de Estado y de gobernabilidad que traspasa las fronteras del llamado fujimorismo. En ella se educa a los ciudadanos desde un modo de gestionar la política pública, cuando se valida cualquier medio ilegal o abusivo si el fin es bueno y representa un atajo para obtener resultados que la gente aplaudiría. El mensaje es claro: es lícito violar la ley, ignorarla con disimulo o emplear artilugios para simular que se cumple, cada vez que convenga.

En la otra orilla, el juez César San Martín y el digno tribunal que lo acompañó, respetando derechos que el régimen del acusado denigró, nos han dado una lección cívica que deberían recoger los textos escolares y enseñarse en las escuelas. Aquellos convencidos de que el fin justifica los medios, tendrán que aprenderse ahora un nuevo refrán: aquí lo que se hace se paga. Hasta pronto.


Publicado en Pluma y Oído
Coordinadora Nacional de Radio

Lima, viernes 10 de abril de 2009

8.4.09

En la radio



La Coordinadora Nacional de Radio (CNR) me publica cada viernes en su portal web artículos breves sobre educación (incluyen texto y audio), los mismos que difunde a sus 49 emisoras radiales asociadas en todo el Perú. Por si alguno fuese de su interés, aquí voy colocando los links de cada uno de ellos:
Todos estos artículos también están archivados cronológicamente en la sección Pluma y Oído del portal de CNR.

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Artículos del 2006, 2007 y 2008


Fotografía © _ra/ http://www.flickr.com/


Diciembre 14 de 2008
El extraño caso de la misteriosa reforma curricular
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Noviembre 30 de 2008
El turno de los jaguares
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Noviembre 16 de 2008
La mejor escuela pública posible ¿Qué tan lejos puede llegar?
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Noviembre 02 de 2008
Políticas nacionales en educación: ¿Fin de una era?
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Octubre 20 de 2008
Pues llevamos en el alma cicatrices ¿imposibles de borrar?
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Septiembre 30 de 2008
Construir equipos competentes en educación: ¿misión imposible?
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Septiembre 13 de 2008
La mano invisible de las políticas en la vida de la escuela
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Agosto 10 de 2008
La danza de la lluvia
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Julio 31 de 2008
Qué dice el currículo escolar cuando se lee desde abajo
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Julio 13 de 2008
Ocho preguntas al poder
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Junio 15 de 2008
El otro invisible
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Junio 01 de 2008
Impaciencia
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Mayo 19 de 2008
Lo que el profesor de Marta necesita tener, dar y recibir
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Mayo 7 de 2008
¿Y no será que el currículo no se puede enseñar?
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Abril 27 de 2008
Las penas de Lorena en la escuela pública peruana del siglo XXI
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Abril 21 de 2008
Los caballos, la ternura y la pedagogía
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Abril 9 de 2008
Acerca de la psicoterapia de familia y la evaluación docente
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Marzo 30 de 2008
Pedagogía, clima de aula y evaluación docente
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Marzo 26 de 2008
Docentes ISO 9000
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Marzo 16 de 2008
Nueve desaprobados de cada 10 ó el difícil arte de aprender la lección
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Marzo 09 de 2008
¿Cómo se reconoce a un buen docente? Lorena quiere saber
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Marzo 02 de 2008
A los limeños les desagrada su educación y creen menos en sus cuentos
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Febrero 24 de 2008
Tartas de frutas y crítica pública a las decisiones de gobierno
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Febrero 12 de 2008
¿Cómo se cambia un sistema educativo quebrándole 8 maneras de ser?
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Febrero 03 de 2008
¿Cómo se cambia un sistema educativo desde abajo?
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Enero 27 de 2008
¿Cómo se cambia un sistema educativo que no desa cambiar?
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Viernes 18 de Enero de 2008
¿Cómo se cambia un sistema educativo?
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Martes 1 de Enero de 2008
La educación en el 2008: entre el deber y la costumbre
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Diciembre 16 de 2007
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Noviembre 18 de 2007
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El espejo roto
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Octubre 21 de 2007
Por supuesto
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Septiembre 30 de 2007
Y aprendieron felices para siempre...
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Julio 27 de 2007
Mil novecientos noventa y seis
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2.4.09

Tres maneras de enseñar y aprender


Fotografía © felixion/ www.flickr.com

Las personas suelen agruparse en uno de dos bandos: los estresados y los aburridos. Es decir, en el grupo de los eternamente preocupados, que viven con angustia cada cosa que hacen; o en el grupo de los comúnmente relajados y desinteresados por todo. En ambos casos, se trata de gente que no han sabido encontrar un quehacer que les aporte esa cuota de satisfacción que les haga sentir bien consigo mismos y entusiasmados con su propia acción. Lo grave es que suele tratarse de personas con responsabilidades profesionales y familiares, que terminan asumiéndolas porque no les queda más remedio y en las que no colocan lo mejor de sí mismas. Si pudieran abandonarlas, lo harían.

Pero hay un tercer grupo: el de los apasionados. Es decir, aquellos que encontraron en su actividad una fuente de placer tan significativa que no la cambiarían por nada. Y cuyo grado de compenetración con su quehacer es tan alto, que en su mente todo fluye sin dificultad y con una claridad notable.

Estas distinciones no son fruto de la calculada especulación comercial de un libro de autoayuda, sino de importantes investigaciones realizadas por Mihaly Csikszentmihalyi, destacado catedrático en neurociencias de la Universidad de Standford. Si algo pudo comprobar este señor de manera fehaciente, es que las personas creativas suelen diferir unas de las otras en muchos aspectos, pero que en algo son unánimes: todas aman lo que hacen.

Compartí esta información la semana pasada con más de mil docentes en Abancay, Curahuasi y Huancarama, ciudades de la región de Apurímac, en el sur andino peruano, para ilustrar y demostrar la extraordinariamente relevante relación que existe entre las emociones y el aprendizaje, el placer y la productividad intelectual, la pasión y la creatividad. Pero también para proponerles dos terribles preguntas: ¿En cuál de estos tres grupos solemos colocar a nuestros alumnos como resultado del tipo de enseñanza que impartimos y de las experiencias que les ofrecemos en el aula? ¿En cuál de estos tres grupos nos sentimos ubicados los maestros?

No cabe duda que una persona cuya tarea le provoca ansiedad, asumiéndola con malestar y desesperación; o que sencillamente le aburre, asumiéndola con displicencia y fastidio, no va a ponerle convicción, energía e imaginación a lo que hace. Si se trata de un estudiante, su compromiso con el aprendizaje será mínimo. Si se trata de un maestro, su eficacia pedagógica será nula. El resultado en ambos casos es la mediocridad. Y este parece ser el caso de una gran mayoría de escuelas donde enseñar y aprender se ha vuelto una rutina sin sentido, que ambas partes cumplen porque las circunstancias obligan, no porque les entusiasme ni porque crean en ellas.

Pero así como muchos maestros creen que no es parte de su rol hacer del aprendizaje en las aulas una experiencia capaz de apasionar a sus alumnos, quienes hacen y deciden la política educativa tampoco creen que sea su tarea entusiasmar a los maestros por el currículo que deben enseñar ni por el desafío que representa lograr aprendizajes en chicos tan diferentes. Ambos suelen creer que no se trata de que el otro se interese, se convenza y se comprometa, sino simplemente de que haga lo que se le pide y punto. No les preocupa ganar la voluntad del otro, sólo su obediencia. Como verán, no es este el camino por el que lograremos escuelas más efectivas.

Publicado en Pluma y Oído
Coordinadora Nacional de Radio
Lima, viernes 03 de abril de 2009