28.5.09

¿Es la matemática escolar un problema de gestión?


Fotografía © fondazioneperlascuola/ www.flickr.com

Imagínese usted que tiene la oportunidad de hacer un tour por más de 20 escuelas públicas de Lima y conocer de primera mano cómo se enseña y se aprende matemática en las aulas de sexto grado. Observa a los profesores, habla con los niños, revisa sus cuadernos y los ejercicios que usualmente realizan. Suponga, además, que tiene ocasión de mirar los resultados de una prueba aplicada a estas mismas escuelas para saber si lograron la habilidad matemática que se esperaría de todos los que concluyen la primaria.

Suponga ahora que después de este largo recorrido, usted empieza a escribir en su libretita verde el inventario de las preocupaciones que le fueron surgiendo. Por ejemplo, que la mayor parte de los docentes de estas escuelas no usan el currículo oficial vigente, sino versiones anteriores e incluso ya caducas por su antigüedad; que emplean muy poco los textos de ejercicios matemáticos que el Ministerio de Educación les distribuye; y que más del 80% de los ejercicios que los niños hacen en sus cuadernos consiste en memorizar, hacer cálculos simples y aplicar reglas de manera mecánica.

Usted ha encontrado además escasísimos ejercicios que requieren pensar, por ejemplo, hacer uso reflexivo de diversos conceptos matemáticos o ensayar varias maneras de resolver un mismo problema. También ha anotado que la mayor parte de cuadernos está corregida con una simple marca, sin mensajes del profesor que expliquen al niño en qué y por qué se equivocó; o que muchas veces el maestro marca buena una respuesta errónea y viceversa. Finalmente, al culminar sus visitas usted ha comprobado que mientras más pobre sea la escuela, los problemas anotados se hacen más graves.

Ahora imagínese que a usted le encargan una Dirección Regional de Educación en algún lugar del país. Una vez en el cargo, usted tiene que responsabilizarse de la planilla, los contratos y traslados de docentes, el pago de servicios, el presupuesto, las transferencias, informes regulares a distintas dependencias del Ministerio de Economía, a la Contraloría General, a la Superintendencia Nacional de Administración Tributaria y al propio Ministerio de Educación, que no cesa de enviarle memorandos y directivas haciéndole encargos de todo calibre, todos urgentes por cierto y siempre decididos en Lima.

En ese panorama, uno podría preguntarse hasta qué punto los aprendizajes que el currículo exige y las escuelas deben garantizar, así como las barreras que se lo impiden, son la preocupación principal de las oficinas regionales y locales que gestionan la educación escolar, la fuente que determina sus prioridades, presupuestos y planes de trabajo. Si no lo son ¿Quién se hará cargo del tipo de problemas que usted anotó en su libretita verde? Todos ellos plantean desafíos directos a la gestión, demandándole respuestas algo menos simples que más horas de capacitación docente o más directivas explicativas.

Estos problemas fueron encontrados por Santiago Cueto y un equipo de investigación de GRADE hace seis años y siguen allí, pese a que aprender matemática ha sido la eterna prioridad de las políticas. Pero si el Estado sigue induciendo a la gestión educativa regional a funcionar como un mecanismo de atención a sus requerimientos políticos, normativos y administrativos, sin asumir responsabilidad por los aprendizajes, allí se quedarán.

Publicado en Pluma y Oído
Coordinadora Nacional de Radio
Lima, viernes 28 de Mayor de 2009

21.5.09

Otra vez Sísifo o el arte de morderse la cola


Fotografía (c) Francesco Ferdinando/ www.flickr.com

A lo mejor la condena de Sísifo, quien según la mitología griega fue obligado por los Dioses a subir continuamente por una colina una enorme piedra, la misma que rodaba cuesta abajo justo cuando llegaba a la cima, no consistía en el hecho de tener que repetir sus esforzados actos por toda la eternidad. Quizás fue condenado a actuar sin pensar y sin poder aprender de su misma experiencia. Simón Rodríguez, investigador de la Universidad Católica de Valparaíso, sugiere que Sísifo quiso hacer bien las cosas y cumplir su meta, pero que siempre creyó que la roca se sube de la misma forma. Por lo tanto, nunca se detuvo a observar ni a meditar sus propios pasos ni tuvo a nadie que le devolviera información sobre los aciertos y las fallas de su estrategia.

La hipótesis de Simón es estremecedora, porque nos alcanza a todos y revela la enorme cuota de irracionalidad que puede estar detrás de nuestros actos cotidianos, desde los más sencillos hasta los más trascendentes. Y, lo que es peor, sin que nos demos cuenta de eso, como Sísifo.

Una amiga me contó que su asesor de tesis en la Universidad le daba opiniones distintas y hasta contrapuestas sobre su proyecto de investigación cada vez que revisaba sus avances, regresándola a fojas cero una y otra vez. Una colega nos contaba ayer que fue convocada por un Ministerio para realizar un estudio que ella misma ya había efectuado para ellos hacía pocos años. Una institución toma acuerdos sobre temas importantes de su propio quehacer y semanas después, a la hora de evaluar su cumplimiento, cambia de criterio y decide algo distinto, cosa que vuelve a ocurrir la tercera vez que los revisa. Un director evalúa los hechos que han llevado a aumentar la repitencia en su escuela y se hace asesorar para identificar los errores cometidos, pero al final del camino decide no hacer ningún cambio para no crearse un problema adicional con sus profesores más antiguos. Un país encarga y después aprueba un proyecto de largo plazo para reformar su educación y cancelar por fin el ciclo de las improvisaciones en este campo, pero al poco tiempo se empieza a tomar decisiones al margen y hasta en contra de ese mismo proyecto. Esta es la condena de Sísifo: actuar sin pensar, no aprender de la propia experiencia y creer que a partir de nosotros todo vuelve a renacer.

«Alguien podrá decir que Sísifo no llegará nunca a instalar la piedra en la cima de la montaña, pero no cabe duda de que, a fuerza de intentarlo, de tanto subir y bajar, dejará marcado un camino» afirmaba Nerio Neirotti respecto de los esfuerzos de un grupo de escuelas innovadoras en cuatro países, en una reciente investigación del Instituto Internacional de Planeamiento Educativo (IIPE). Pero ¿Y si el camino que marca es el que no conduce a ninguna parte?

Un Sísifo reflexivo acogería el consejo de mi amigo Simón y empezaría a llevar un registro de sus acciones e incluso a compartir estos datos con otros para que le ayuden a comprenderlos. Pero, ¿Qué pasa si ya se dio cuenta del error pero no lo corrige para no romper una costumbre ni desairar un mandato ni incomodar a quienes se lo dieron? ¿Qué pasa si siente que llegar a la cima sería el principio de un desconcierto mayor? ¿De qué se ocuparía entonces? No hay dolor más amargo entre los hombres que el de aspirar mucho y no poder lograr nada, decía Herodoto. Bernard Shaw opinaba que había uno más: el lograrlo, pues eso te coloca ante desafíos mayores.

Publicado en Pluma y Oído
Coordinadora Nacional de Radio

Lima, viernes 22 de Mayor de 2009

14.5.09

Algunas divagaciones sobre ética pública y educación


Fotografía (c) Profmarnorte/ www.flickr.com

La flamante directora de un centro educativo estatal ha notado las dificultades de su personal para obtener un refrigerio de buena calidad en las inmediaciones, así como su necesidad de almorzar antes de irse a hacer un segundo turno en otro colegio. Luego, decide empezar ella misma a preparar y ofrecer comida a sus profesores, instalando sus ollas en la oficina de la dirección y colocando un cartelito en la puerta que dice: menú a cuatro soles. Naturalmente, fiándoles el alimento hasta el día de pago.

Una muy importante autoridad gubernamental, ha notado que la calidad profesional de los maestros peruanos muestra limitaciones que provienen de una formación deficiente. Alguien le ha informado que el puntaje requerido a sus postulantes por las instituciones formadoras de docentes, es el más bajo en comparación a los que se demanda a quienes postulan a otras carreras. Luego, decide construir una prueba única nacional y decreta que sólo quienes la aprueben con 14 podrán ingresar a estudiar educación, anunciando que gracias a esta medida se tendrán en adelante maestros más capaces.

Sócrates decía que toda acción humana está siempre guiada por el deseo de un bien, aún cuando tal bien sea sólo aparente. Es decir, que nadie desea hacer algo para conseguir un mal, aún cuando su elección sea errónea. La directora del primer relato no elige ofrecer menú a sus profesores guiada por el deseo de perjudicar a alguien, todo lo contrario, por lo que está convencida de que su acción es moralmente buena. La autoridad que decidió la nota 14 como requisito de ingreso a los institutos de formación, no eligió eso para hacerle un mal a la profesión docente sino más bien para beneficiarla.

En el siglo IV a.C. Aristóteles coincidía con Sócrates en que toda acción tiene un fin y está guiada por el deseo, por el deseo de un bien. Pero planteaba un problema: ¿Quién decide y en base a qué criterios si el fin deseado es, en efecto, un bien genuino y no un bien sólo aparente? Aristóteles quizás diría que los fines de las acciones de la directora y del funcionario público podrían ser buenos en la medida que no se basen sólo en sus consideraciones particulares, más allá de cuan virtuosos y bien intencionados puedan verse a sí mismos. Sólo así podría evaluarse realmente la ética de su acción.

Y es aquí donde empiezan los problemas. Los maestros que almuerzan bien y al crédito en la oficina de la dirección, aprecian mucho la iniciativa de su directora. Pero ¿Pensarán lo mismo los alumnos, los padres de familia y la propia comunidad, siendo que el bien mayor que esperan de las acciones de un director es la buena formación de los estudiantes antes que sus propias oportunidades de negocio? Los institutos que forman maestros tienen ahora escaso alumnado ingresante con la nota 14. Pero ¿Pensarán estas instituciones que la calidad de sus resultados ha mejorado con esta medida, siendo que no ha habido ninguna otra dirigida a elevar la calidad de los formadores ni de la formación y la caída de la matrícula los está obligando más bien a cerrar?

Ahora, podría ocurrir que la directora y el funcionario tengan sus propias ideas respecto de cuál es el bien mayor de sus acciones y no admitan que nadie los juzgue desde criterios distintos. A eso se le suele llamar relativismo moral. Es decir, yo decido si mi acción es buena o no y nadie se mete. Hasta pronto.

Publicado en Pluma y Oído
Coordinadora Nacional de Radio
Lima, viernes 15 de Mayor de 2009



7.5.09

Sísifo y la gestión por resultados en educación


Sísifo, en el arte de Tiziano. Fotografía (c) nadiuska/ www.flickr.com

Sísifo, fundador y Rey de Corinto según la mitología griega, fue condenado por sus fechorías a empujar cuesta arriba una enorme roca, subiéndola todos los días y cada día de su vida por una colina sumamente empinada. Por cierto, antes de llegar a la cima la gigantesca piedra rodaba hacia atrás, cuesta abajo, devolviéndolo a su punto de partida. Los relatos de Homero no revelan el motivo exacto de este castigo, dejando abierta la posibilidad de múltiples interpretaciones, las que en efecto se han sucedido a lo largo de los siglos. Janine Soenens, joven escultora peruana, ha aportado hace poco una muy sugestiva, asociando este mito al entusiasta empeño que invierte buena parte de ciudadanos en ocupaciones rutinarias y probablemente inútiles.

Confieso que esta hipótesis, cuando la leí, llenó de preguntas mi cabeza por varios días respecto de mi propio quehacer, pero me trajo así mismo el antiguo recuerdo de un testimonio estremecedor: una maestra de primaria, habiendo terminado de escucharme una conferencia sobre el origen de los conflictos en el salón de clases a inicios de los 90, me dijo acongojada ¿Quiere decir, profesor, que el tercio de alumnos que comúnmente desapruebo cada año, podría explicarse también por errores en mi forma de enseñar?

Ocurre que luego de 15 años de ejercicio profesional, esta maestra se preguntaba por primera vez, con sincera perplejidad, si acaso su manera de actuar en el aula podía ser causa de sus malos resultados. El significado de esta confesión es terrible: ella ha repetido a lo largo de tres lustros un conjunto de conductas y procedimientos en el aula, quizás con el mismo empeño y motivación de Sísifo, sin preguntarse nunca si le servían para lograr su propósito. O, lo que es peor, asumiendo tal vez que los resultados de su acción nunca dependen de ella sino de factores fortuitos ajenos a su voluntad.

El problema es que una conducta ritual, autocentrada, despreocupada de los efectos de su propio esfuerzo, como sugiere Soenens interpretando este mito griego, puede a la vez ser una conducta tan entusiasta y honesta, como ciega a la realidad. Y tan ciega, que cualquier crítica a la inutilidad de semejante y encomiable empeño, podría incendiar la pradera de la indignación.

Es aquí donde la imagen de Sísifo me remite a los esfuerzos del Ministerio de Economía por introducir en el sector público una cultura de gestión orientada a resultados. Que la acción del Estado en educación deje de girar ritualmente sobre sus propias acciones y se oriente a resultados de manera genuina y decidida, tiene un prerrequisito difícil: que funcionarios, directores y docentes se planteen con sinceridad la misma pregunta de aquella maestra: ¿Podríamos ser nosotros quizás la causa de que los estudiantes no aprendan?

Pero ¿Cuántos están dispuestos a evaluar la efectividad de sus decisiones, iniciativas e instituciones en referencia a los aprendizajes? ¿Cuánta apertura hay para interrogar por ejemplo el impacto real del currículo o la capacitación docente en los aprendizajes escolares? ¿Cuántos prefieren como Sísifo concentrarse en el valor o las dificultades de sus propios esfuerzos antes que en sus resultados? Claro, la verdad implica responsabilidad. Nos libera de ella creer y hacer creer que las consecuencias de nuestras opciones y acciones dependen de otros o que en todo caso, la verán nuestros tataranietos. Hasta pronto.

Publicado en Pluma y Oído
Coordinadora Nacional de Radio

Lima, viernes 08 de Mayor de 2009

1.5.09

Esclavo de tus palabras


Fotografía (c) Andrés Lozano/ www.flickr.com

«Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras», dijo William Shakespeare en el siglo XVI. Con esta sencilla frase, el afamado poeta y escritor inglés quiso decir que el solo acto de hablar, genera responsabilidad. «El que habla pierde» se suele decir también cuando alguien hace una sugerencia que a todos les suena bien y le encargan de inmediato ponerla en práctica. «Yo decía nomás» es la acongojada frase que usted mismo habrá pronunciado, cuando de pronto se ve responsabilizado de ejecutar aquella buena idea que, quizás de manera casual, se le ocurrió pensar en voz alta.

«Te tomo la palabra» es otra frase que solemos utilizar para comprometer a alguien con lo que acaba de decir. «Habla por hablar» en cambio, es otra expresión que usamos para calificar a quien no cultiva el sano hábito de hacerse responsable de lo que dice, algo que se observa en el mundo de la política, pero también en el profesional y en la vida cotidiana de cualquiera. Y es que las palabras, en efecto, comprometen, aunque no todos quienes las pronuncian quieran admitirlo ni se sientan cómodos cuando se las recuerdan.

Me asaltaron estas reflexiones cuando volvía a leer los once aprendizajes principales que el actual currículo ha anunciado como resultado de la trayectoria escolar de cualquier peruano en el 2021. Y es que lo ha hecho bajo el sugestivo nombre de «propósitos». Es decir, no los llama posibilidad, deseo ni expectativa sino propósito, tremenda palabra que a diferencia de las anteriores, compromete la voluntad y el esfuerzo de quien las pronuncia.

El currículo dice que el niño que ingresa hoy al sistema escolar, terminará la secundaria el 2021 con una identidad personal, social y ciudadana muy sólida, lo que implica responsabilidad con su propio bienestar tanto como con el bien común, incluyendo al planeta Tierra. También dice que se comunicará eficazmente en varios lenguajes: el castellano, el inglés, su idioma materno y el de las modernas tecnologías de información. Además, anuncia que sabrá pensar de manera científica y crítica su propia realidad y su historia, tanto como la de toda la humanidad. Por si fuera poco, dice que será un joven creativo e innovador, con una gran capacidad de emprendimiento.

La pregunta que me surge al leer estas palabras, que suenan a promesa, es muy simple ¿A qué se compromete el Ministerio de Educación para cumplirlo? Sabemos que los maestros, por las conocidas deficiencias de las instituciones formadoras, no exhiben estos once rasgos, no han sido preparados para enseñarlos ni las escuelas para permitirlo. La lógica indicaría que en adelante, esta deficiencia se corregiría y los programas de formación para docentes en ejercicio los prepararían en ese sentido; que se empezaría a evaluar a los maestros en esas once capacidades y a los estudiantes también; que las escuelas se reorganizarían, ofreciendo el tiempo y las facilidades necesarias para que todos puedan alcanzar estos 11 aprendizajes contra viento y marea.

Pero ¿Qué pasaría si las políticas educativas siguen limitando sus énfasis a las capacidades lectoras y matemáticas de maestros y alumnos? ¿Qué pasaría si nos dicen que cumplir tales propósitos es asunto de cada maestro? Lo siento, pero el currículo ha puesto en palabras el compromiso del Estado peruano con once resultados y ahora es esclavo de esa promesa. ¿O no?

Publicado en Pluma y Oído
Coordinadora Nacional de Radio
Lima, viernes 01 de Mayo de 2009