26.6.09

Leer y comprender los cuentos del desarrollo


Ilustración © Heduardo/Diario Perú21

Robert Dapes, un militar británico en retiro, se encontraba en La Habana los días previos a la caída del régimen de Fulgencio Batista, a fin de asesorarlo en su lucha contra la guerrilla de Fidel Castro. Circulaba una mañana por la ciudad en compañía de militares cubanos, cuando, de pronto, se produce una trifulca callejera y un grupo de rebeldes es capturado por la policía. En el momento preciso en que son introducidos a la patrulla, uno de ellos burla a su vigilante y hace estallar una bomba dentro del vehículo, arrasando con todo y con todos. Dapes, impresionado, pregunta a sus anfitriones quiénes están ganando esta guerra. Un alto oficial le responde sin titubear: nosotros. Dapes formula entonces una segunda pregunta, que dejó en silencio a sus acompañantes: ¿Y quiénes cree la gente que están ganando esta guerra?

Esto que les acabo de contar es uno de los episodios iniciales de la película «Cuba», estrenada en 1979, dirigida por Richard Lester y protagonizada nada menos que por Sean Connery, en el papel de Dapes. Un personaje que conocía perfectamente la diferencia entre los hechos y los relatos que se construyen sobre ellos, tanto como el enorme poder de las palabras para crear confianza o para destruirla. Estas eran distinciones, sin embargo, que los hombres de Baptista, habituados a moverse dentro de lo cánones de la historia oficial, no sabían hacer ni lograban comprender. Y que, finalmente, les costó la guerra.

Jean François Lyotard, filósofo francés, dice que se han cumplido ya más de dos siglos de credulidad en un gran relato, ese que nos hablaba del poder de la razón para resolver los problemas de la humanidad y traer progreso a todas las sociedades del planeta. Los hechos dicen, sin embargo, que la ciencia evolucionó vertiginosamente, pero que, al mismo tiempo, los abismos sociales se hicieron cada vez más grandes. Y no obstante, nos han seguido contando la misma historia, es decir, que el desarrollo tecnológico será el motor de una economía próspera, cuyo crecimiento traería bienestar y progreso para todos.

El informe que otro francés notable, el educador Jacques Delors, preparó para la UNESCO en 1995, decía que el deslumbrante desarrollo del conocimiento ocurrido en la segunda mitad del siglo XX y su impacto favorable en el crecimiento y desarrollo de la economía mundial, no necesariamente había sido una oportunidad para toda la humanidad, pues la distancia entre los que más tienen y los que menos tienen se estaba haciendo todavía más grande.

Algo similar es lo que nos ha ocurrido aquí con el gran relato del desarrollo nacional, el que dice que las riquezas de nuestro territorio pertenecen a todos los peruanos y que atraer inversión privada en recursos como el petróleo, la minería o la madera, que abundan en los casi 800 mil kilómetros cuadrados de selva que hay en el Perú, traerá empleo, bienestar y desarrollo a las 1,500 comunidades indígenas que lo habitan y al conjunto de la sociedad peruana.

La historia del Perú que se enseña en las escuelas debería dejarnos bastante claro que esto jamás ocurrió y que, por el contrario, la extracción de recursos naturales trajo mucha riqueza a unos pocos, perjudicando a la población y a sus territorios, sin sacarla de la pobreza. El otro relato del desarrollo, que también se debería aprender en el colegio, es el que proviene de las tradiciones de los pueblos nativos de la selva, el que habla de agua limpia, bosques que renuevan nuestro aire y alimentos cultivados en tierra no contaminada. Ese que nos hace protagonistas y no espectadores pasivos de la deslumbrante tecnología de perforación petrolera.

Difundido por la Coordinadora Nacional de Radio
En su sección Pluma y Oído
Lima, viernes 26 de junio de 2009



19.6.09

Invertir en la infancia: ¿Ahora o cuando las cosas mejoren?


Fotografía (c) Willi Gamboa/ Ayllu Galería Multimedia

Quizás usted no lo sabía, pero alrededor de un tercio de las adolescentes de Ferreñafe, la provincia con menor desarrollo de la región Lambayeque, en la costa norte del Perú, no tiene acceso a educación secundaria. En Amazonas, región del nororiente peruano, que ha sido reciente escenario de una cruenta resistencia indígena a leyes que facilitan el ingreso de empresas mineras, petroleras y otras a la selva peruana, casi nueve de cada diez madres no logran concluir el colegio.

Si tomamos en cuenta que el 62% de los niños con madres sin educación padecen de desnutrición crónica, frente al 7% de niños con madres que tienen educación superior que sufre este problema, la ecuación fatal queda demostrada: a menor educación de la madre, mayor riesgo de enfermedad y mortalidad infantil. Esto nos permite anticipar y comprender con toda claridad cómo es que una circunstancia educativa bastante común en el país –escuelas insuficientes o incapaces de retener a estudiantes apremiados por la pobreza- se convierte, de pronto, en un problema social de gravísimas repercusiones.

Es decir, un número significativo de mujeres jóvenes de escasos ingresos, disminuidas en su educación, van a ver enfermar y morir sistemáticamente a sus niños pequeños por causas absolutamente evitables, ya erradicadas en otros países, o van a verlos crecer menoscabados en sus posibilidades físicas y mentales, no sólo para seguir aprendiendo a lo largo de su vida, sino para poder trabajar en el futuro de manera más productiva. Los números hablan por sí mismos: según datos oficiales, el 46% de los niños menores de cinco años del área rural padecen de desnutrición crónica, frente al 14% en el área urbana y el 7% en Lima Metropolitana. ¿No siguen acaso estas cifras la ruta de las desigualdades históricas que exhibimos como país en la inversión social?

De este modo, si cada vida que florece en estas familias es una esperanza para romper el ciclo de la pobreza, la falta de inversión oportuna y suficiente en educación y salud va a terminar, más bien, perpetuándolas en la pobreza.

Amartya Sen, Nobel de Economía en 1998 por sus notables investigaciones sobre el bienestar económico, afirma que el desarrollo de un país no tiene que ver principalmente con el crecimiento del producto bruto nacional, la extensión del comercio, la industrialización o el avance tecnológico, sino con la ampliación de la libertad humana. Es decir, con el enriquecimiento de las alternativas que disponen las personas, y con sus posibilidades para elegir y para aprovecharlas. Algo que para este notable economista supone prioridades muy claras de inversión en educación y en salud, así como el respeto a los derechos políticos y civiles.

Sensiblemente, en el Perú la prioridad de la inversión sigue estando, como en toda la historia republicana, en la industria extractiva y en el comercio exterior, en la idea no demostrada de que la supuesta prosperidad que esto produzca va a revertir después a favor de la educación y la salud de los más pobres. El economista Pedro Francke ha revelado hace poco que los impuestos y regalías realmente pagados por la inversión petrolera en las últimas décadas al país, no llegan ni al 5% de los ingresos públicos. Y que, por el contrario, en la selva peruana, en zonas de explotación petrolera, como la cuenca del río Corrientes en Loreto, más del 90% de los niños presentan alarmantes niveles tóxicos de cadmio en la sangre.

Si invertir en la infancia es invertir en desarrollo, invertir en desarrollo es invertir cuanto antes en la educación y la salud de los niños, y no esperar a hacerlo cuando chorree hacia abajo la mayor prosperidad del quintil de más altos ingresos en el país. Porque el tipo de desarrollo que asegura equidad social, es decir, bienestar para todos, es el que habilita a la gente desde temprana edad para ser protagonista del desarrollo de su propia sociedad y no beneficiaria pasiva de paliativos temporales a la pobreza.

Publicado en la columna virtual «La infancia no es una cifra»
Difundido en el Blog del portal Inversión en la Infancia
Lima, 22 de junio de 2009




18.6.09

Fábricas de intolerancia


Fotografía (c) carojengibre/ www.flickr.com

¿Recuerda la fábula del elefante y la hormiga? ¿Recuerda cuando el pequeño insecto, en un irónico alarde de generosidad, le anuncia al paquidermo que se bajará de sus espaldas para así quitarle un gran peso de encima? Pues con la educación ocurre exactamente al revés: carga sobre sus espaldas la pesada herencia de una educación etnocéntrica, individualista y dogmática, de la que no puede librarse. Quizás porque, aunque parezca difícil de creer, habituada a llevarla por más de dos siglos sobre sus hombros, ya ni recuerda que está allí ni le incomoda y hasta la asume como parte de su identidad.

La Real Academia Española define la palabra etnocentrismo como una «tendencia emocional que hace de la cultura propia el criterio exclusivo para interpretar los comportamientos de otros grupos, razas o sociedades». Yo siempre fui un hombre de ciudad, por lo que nunca me causo extrañeza que en el colegio, la gente que poblaba los andes y la amazonía del Perú, sus ciudades, costumbres y tradiciones, fuera presentada como un objeto curioso, que le daba color y variedad a un país cuya «normalidad» estaba dada por los paisajes urbanos y los hábitos citadinos, los autos, la luz eléctrica, los diarios, la televisión y el idioma castellano. Han pasado buenos años desde entonces y, aunque el currículo diga lo contrario, la educación escolar sigue entrenando el ojo de niños y jóvenes para ver al país desde una sola perspectiva cultural.

La Real Academia define, así mismo, la palabra individualismo como la «tendencia a pensar y obrar con independencia de los demás», que defiende «la supremacía de los derechos del individuo frente a los de la sociedad». Una de las prohibiciones que más recuerdo del colegio era la de mirar atrás o a los costados. No había razón para interactuar con nadie, dado que mi matrícula era un contrato individual que me obligaba a responder por mí mismo a lo largo de mi trayectoria escolar. Si pasaba mis exámenes y era promovido de grado, sería por mi propio esfuerzo, si no, sería mi exclusiva responsabilidad. En ese esquema, los demás sobraban, cada uno debía responder por sí mismo y su éxito o su fracaso sería el de ellos y el de nadie más. El intento de introducir una cultura colaborativa en las escuelas peruanas promoviendo el trabajo en equipo, no ha tenido mucha fortuna. El trabajo individual en carpetas alineadas una detrás de la otra sigue gozando de las preferencias.

Finalmente, la Real Academia define dogmatismo, como la «presunción de quienes quieren que su doctrina o sus aseveraciones sean tenidas por verdades indudables e innegables». Todos sabemos por experiencia propia que los años de escuela nos preparan para aceptar la palabra del profesor o del autor de un libro como fuente indiscutible de verdad. Muchos niños saben por ejemplo, que si su maestro se equivoca en la solución de un problema matemático, es mejor no decir nada y copiar, porque al fin de cuentas, es el profesor. Una amiga me contó que fue obligada por su maestra a aceptar que su mamá le había hecho la tarea, pese a que no era verdad, sólo porque estaba muy bien hecha. Si usted lo dice, así habrá sido.

Ricas o pobres, nuestras escuelas siguen funcionando en pleno siglo XXI como fábricas de intolerancia, formándonos para excluir al diferente, imponer a otros nuestra verdad y hacer prevalecer los propios intereses por encima de todos. Si buscaba explicaciones al racismo y la arrogancia con que se ha manejado el conflicto de Bagua desde el poder o en la prensa, recuerde su educación escolar. Hasta pronto.

Lima, viernes 19 de junio de 2009


Publicado en Pluma y Oído
Difundido por la Coordinadora Nacional de Radio
Lima, viernes 12 de Junio de 2009

12.6.09

Una sangrienta lección de educación cívica


Bagua, Junio 2009. Fotografía (c) powless/ www.flickr.com

«Hay 12 millones de hectáreas que se encuentran asignadas a 400 mil nativos, pero las riquezas que se encuentran debajo, como el petróleo y el gas natural, le pertenecen a los 28 millones de peruanos». Esto dijo el Presidente del Perú recientemente, a propósito del conflicto generado en la región de Amazonas por un conjunto de normas que abren las puertas (aún más) a la inversión extranjera en la selva peruana. ¿Cuál es la conclusión que podría deducirse de esta afirmación? Pues que estos nativos estorban y perjudican al país si no se hacen a un lado para poder extraer esas riquezas en beneficio de todos.

Sumemos a esto otras declaraciones públicas en que se subraya su ignorancia y su facilidad para convertirse en objeto de manipulación, en que se tilda a sus representantes de pendencieros, malversadores de donaciones, con apetitos electorales y posibles vinculaciones al terrorismo; y, luego de los lamentables hechos de sangre producidos en la ciudad de Bagua, de salvajes, bárbaros, asesinos e incivilizados, dando a entender que la muerte de nativos es un hecho de importancia tan mínima que no merece ni mencionarse y que, en todo caso, es porque ellos mismos se lo buscaron. ¿Cuál sería entonces la segunda conclusión? Quizás que su exterminio o su sometimiento por la fuerza sería la decisión más justa y razonable en nombre de la democracia.

Los profesores de historia recordarán que Bolívar, nada menos, en su conocida Carta de Jamaica, sugiere que la Nueva Granada podría formar junto a Venezuela una sola república, situando a Maracaibo, su capital, en «el soberbio puerto de Bahía-honda». Su fascinación con tal lugar obedecía a sus formidables riquezas naturales, aunque no escapaba a su preocupación que era un territorio ocupado por nativos. Pero él sabía lo que había que hacer: «Los salvajes que la habitan serían civilizados y nuestras posesiones se aumentarían con la adquisición de la Goagira. Esta nación se llamaría Colombia, como un tributo de justicia y gratitud al creador de nuestro hemisferio». Nótese que Bolívar habla de nuestras posesiones. Nótese que nuestro presidente, al referirse al territorio que habitan las diferentes comunidades étnicas en la selva peruana y al que tienen absoluto derecho según todas las leyes, habla de territorios asignados. Es decir, no son de ellos.

Presentar un conflicto entre dos formas de entender el desarrollo y el buen gobierno en un país multicultural, como si fuera un choque entre civilización y barbarie tiene, en efecto, antecedentes históricos muy elocuentes que no debemos perder de vista. Domingo Sarmiento se refería a los indígenas americanos como «indios piojosos, porque así son todos, incapaces de progreso» y consideraba que «se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado». Sarmiento murió en 1888 pero, al parecer, había tenido el poder de la reencarnación.

Lo curioso es que no es «el indio» sino el hombre de la ciudad, bien educado y con fortuna, el responsable de la contaminación de los ríos peruanos con plomo y diversas sustancias tóxicas cada vez que abre un socavón para extraer mineral o perfora el subsuelo para sacar petróleo, sin que sus consecuencias en la vida de las comunidades nativas aledañas les quite el sueño. Y es el hombre civilizado, culto y bien vestido, el que propicia desde el poder con su infinita arrogancia la muerte de inocentes. Hasta pronto.

Publicado en Pluma y Oído
Difundido por la Coordinadora Nacional de Radio
Lima, viernes 12 de Junio de 2009

El conflicto de Bagua: algunas alertas para la educación


Fotografía (c) Feconaco/ www.flickr.com

Son harto conocidas las tres respuestas de la Primera Ministra de Finlandia a Andrés Oppenheimer hace unos meses, cuando le preguntó por el secreto de tan notable nivel de desarrollo y crecimiento tecnológico: «Educación, educación, educación». Joseph Stiglitz, reciente Premio Nobel de Economía, sostenía que la educación pública ha cumplido en todas las sociedades un rol liberador y promotor del desarrollo económico, facilitando incluso un uso más compartido de los mecanismos de mercado. Recordaba que el papel que ha jugado el desarrollo de las capacidades humanas en el crecimiento económico de Japón, del Sudeste asiático y del Este de Asia ha sido espectacular.

Amartya Sen, otro Premio Nobel de Economía, decía que «La desigualdad no debe medirse según el acceso a bienes materiales y sociales» pues lo fundamental es que las personas «tengan la capacidad de utilizar eficazmente el conjunto de facultades que les permita ser libres para procurarse bienestar, entre ellas la educación». Según Stiglitz, esta es una manera de enfocar el desarrollo «radicalmente diferente respecto a ver la humanidad como beneficiaria pasiva de decepcionantes programas de desarrollo».

En efecto, esta noción del desarrollo basada en la inversión en educación para lograr el pleno despliegue de las capacidades humanas, difiere radicalmente de aquella que basa el desarrollo en la inversión de capitales extranjeros en recursos que los peruanos «no saben aprovechar», como expuso con cruda transparencia el Presidente de la República en «El perro del hortelano». La obsesión por buscar atajos a cualquier precio para acelerar resultados, característica de esta gestión gubernamental, implica que no se pueda esperar a que los peruanos aumenten su educación para que aprovechen por sí mismos sus oportunidades de progreso. Se considera mejor que cedan sus propiedades a una multinacional con más dinero y mejor preparación que ellos, en la esperanza que algo les «chorreará» más tarde de los beneficios que obtengan los inversionistas.

El problema, como lo recordó hace poco el Foro Educativo Regional de Loreto, es que la Amazonía ha sido siempre «objeto de políticas extractivistas que solo han dejado más pobreza entre su gente, recursos naturales saqueados, ríos y cochas contaminados». La misma fuente señala, a modo de ejemplo, que en 30 años de explotación petrolera el pueblo Achuar, ubicado a orillas del río Corrientes, no sólo no ha logrado salir de la pobreza sino que, peor aún, «corre el riesgo de extinguirse por los altos índices de plomo y otros metales pesados en la sangre por efectos de la contaminación».

Alberto Chirif recordaba que para los aguarunas y huambisas, la filosofía de El perro del hortelano ya se practica. «Desde hace un par de años el gobierno ha firmado contrato con HOCOL para explotar recursos petroleros en parte del alto Marañón, sin haberse dado la más mínima molestia para intentar consultar la medida antes de tomarla. Por otro lado, la empresa minera, Dorato Perú, subsidiaria de una transnacional canadiense, se ha instalado en la zona de la Cordillera del Cóndor con la finalidad de explotar oro».

Es decir, el gobierno ya tomó una opción por un modelo de desarrollo que no pasa por la inversión en educación. Según un informe de OCDE, la educación de cada alumno le cuesta al Perú 297 dólares al año, mientras a Argentina 1,158 dólares y a Chile 1,807 dólares. ¿Sabían que nuestro presupuesto educativo nacional asigna a Amazonas sólo 674 soles anuales por alumno, es decir, 224 dólares? El resultado: menos del 4% de los que acaban 6º de primaria en esa región logra un rendimiento suficiente en el dominio de la lengua escrita y sólo el 1% en matemática, mientras que apenas el 14% de madres tiene la escolaridad básica concluida. El Presidente ha dicho que el problema de fondo en el conflicto de Bagua es una pugna entre quienes quieren que haya desarrollo y progreso en los pueblos amazónicos y quienes en verdad no lo desean. En eso estamos de acuerdo.

Publicado en el Blog Hablaeducación
Difundido por Foro Educativo
Lima, Lunes 08 de Junio de 2009

5.6.09

Cállate o saldrás perdiendo


Ilustración © Quino/ Imágenes UFA/ www.flickr.com

«Quisiera pedirles receptividad antes las observaciones que los profesores puedan hacerles sobre sus formas de criar o sobre el tipo de experiencias que les ofrecen a sus hijos en casa, siempre será por su propio bien». Las palabras del director a los nuevos padres de familia denotaban convicción y sinceridad. Imposible no recibir confiados expresiones tan razonables. Muchas cabezas en el auditorio asentían sin titubear. Fue en ese instante cuando Flor levantó su mano, animada por el tono afectuoso de la autoridad, para plantearle una simple pregunta: «¿Los profesores tendrían esa misma receptividad cuando los padres les hagamos, alguna vez, observaciones sobre su forma de enseñar o sobre algunas decisiones con las que podríamos no estar de acuerdo?» El rostro hasta entonces afable del director se transformó de pronto para responder con inusitada seriedad que allí todos se esforzaban por darles lo mejor a los alumnos y que no eran frecuentes las quejas de las familias.

Lo más interesante de esta historia, sin embargo, no fue la revelación de un director amable pero sin disposición a la reciprocidad en el trato con los padres y sin apertura a cualquier manifestación que le sonara a crítica. Lo más elocuente fue la escena de numerosos padres de familia clavando sus ojos sobre Flor con evidente rechazo y desagrado. Varios de ellos, que habían sido especialmente amistosos días atrás, tomaron distancia a partir de ese día. Necesitaban enviar señales visibles a la autoridad de que, por si acaso, ellos estaban de su parte y no del lado de la «revoltosa».

Lamentablemente, no estamos ante un episodio extraño sino bastante común en numerosas escuelas e instituciones públicas. No es infrecuente que todo aquel que exprese un desacuerdo con la autoridad no sólo sea tomado por conflictivo, sino que además se adopten medidas contra él. En verdad, se aprende desde el colegio que protestar o discrepar se ve mal y trae más problemas que soluciones. Lo sabe el niño víctima de un maltrato de su profesor pues comprueba que la queja sólo devuelve represalias, abiertas o encubiertas; y lo confirma después si acaso ingresa a alguna institución de educación superior. Lo reafirmará cuando ingrese a un centro laboral y descubra que su contrato puede renovarse no sólo si trabaja bien sino si, además, mantiene la boca bien cerrada. Lo sellará con fuego si ejerce su derecho de opinión y se pronuncia en público contra alguna insensatez de la autoridad política de turno, para enterarse después que su nombre ha sido vetado para eventuales contratos en las instituciones que, de un modo u otro, dependen de dicha autoridad para funcionar.

Mucha gente lo sabe por experiencia y por eso no se queja ni quiere juntarse con los que disienten. No importa lo justo y lo evidente de sus motivos o cuan afectados estén ellos mismos por la misma razón, sea que se trate del abuso del conductor de un bus, de un renombrado catedrático o de un Ministro. En 1633 Galileo Galilei fue obligado bajo amenaza por el Santo Oficio a una retractación pública por hacer afirmaciones en contra de la verdad oficial. No importaba que no creyera en ella, importaba que no se lo diga a los demás. Han pasado casi 400 años desde entonces y se ha extendido la democracia en casi todo el planeta. Pero en muchas escuelas e instituciones de gobierno, donde la discrepancia es vista como agravio o deslealtad, se sigue educando a favor de un pacto de silencio en la vida pública.

Publicado en Pluma y Oído
Difundido por la Coordinadora Nacional de Radio
Lima, viernes 05 de Junio de 2009