6.11.09

¿Y si la solución fuera el problema?


Fotografía (c) don.Roboc/ www.flickr.com

El niño era inteligente pero muy tímido. Luego, se sentía incómodo en el salón, negándose a participar. Su abstención mortificaba a su profesora, a quien le parecía inaceptable que todos sus alumnos menos uno siguieran sus indicaciones. Luego, presionaba al niño para que trabaje, asumiendo que de ese modo lo doblegaría, hecho que aumentaba más bien su incomodidad y lo reforzaba en su actitud. Como el niño seguía callado, la profesora insistía en la misma respuesta y aumentaba sus exigencias, hecho que lo endurecía más todavía, empeorando las cosas en una espiral sin fin. Esta es una típica situación en donde la solución asumida como la más obvia -reiterada por lo tanto hasta el infinito- representa el verdadero problema.

En educación suele ocurrir algo muy similar. Determinadas «soluciones» a sus viejos problemas se han vuelto casi obvias y representan un enorme lugar común, no importa si no funcionan ni cuál sea el diagnóstico. Las cuatro evaluaciones censales del rendimiento escolar, efectuadas por el propio Ministerio de Educación, han sido útiles para confirmar, por si quedaban dudas, lo mal que estamos en la educación básica, en particular la que recibe la población más pobre y los niños que debutan en la escuela. También han servido para revelar no sólo la poca eficacia de las soluciones hasta ahora emprendidas, sino la posibilidad de que, por el contrario, hayan pasado a convertirse ellas mismas en un problema mayor.

Si hacemos cuentas, hace 12 años que se viene distribuyendo textos y materiales gratuitos a las escuelas públicas. Suman 14 los años en que el Estado peruano viene capacitando maestros a través de programas nacionales, desde mediados de los noventa. Son 14 también los años transcurridos desde el inicio de las reformas curriculares en el país, con el pionero «Programa de articulación Inicial-Primaria». El ciclo de las evaluaciones nacionales del rendimiento escolar ha cumplido igualmente 12 años, revelando de manera terca y consistente que sólo uno de cada diez que concluyen segundo grado comprenden bien lo que leen. Es decir, a pesar de todo, la llanta del viejo automóvil se encuentra atascada en la misma zanja desde 1997.

Sin duda alguna, el currículo reformado, los nuevos textos y materiales entregados, las nuevas metodologías en las que ha sido capacitado, han buscado modificar las prácticas de los maestros para mejorar así los niveles de rendimiento. Pero todas estas medidas han representado para ellos exigencias caídas del cielo que los desestabilizan, pues rebasan sus capacidades, sus hábitos y sus antiguas certezas. Luego, han reforzado su inseguridad, llevándolos a refugiarse con más fuerza en sus antiguas prácticas. Algo que, ciertamente, ha seguido alejando a sus estudiantes de la posibilidad de aprender lo que el currículo ahora les demanda. No obstante, año a año la política educativa sigue apostando ciegamente por las mismas soluciones.

Si la política curricular, la de capacitación docente y la de materiales educativos, se autoevaluaran y aprendieran de sus propios errores, anticipando las necesidades de los maestros y ofreciéndoles oportunidades más serias para aprender a desempeñarse con las nuevas herramientas y a la altura de las nuevas demandas, estimularía su confianza. Entonces podría volverlos protagonistas y hasta promotores del cambio. Pero insiste en entregarles insumos e instrucciones. Como no funciona, con gran arrebato los culpa del fracaso… y reitera las mismas medidas.

La maestra del niño tímido puede acabar botándolo. Lo preferiría a admitir que es ella la que se equivoca y que hay otras maneras de hacer las cosas.

Luis Guerrero Ortiz
Blog El río de Parménides
Publicado y difundido por la Coordinadora Nacional de Radio (CNR)
Lima, viernes 06 de noviembre de 2009

3 comentarios:

José Lorenzo Ancajima Uchofen dijo...

Sus disertaciones son interesantes. Una educación sin maestros comprometidos con su labor no tendrá un buen futuro.
Con las disculpas del caso tomaré parte de sus palabras y cambiaría algunos términos:
Si los docentes nos autoevaluaramos y aprendieramos de nuestros propios errores, anticipando las necesidades de los alumnos y ofreciéndoles oportunidades más serias para aprender, aprovechando las nuevas herramientas que se nos facilitan para encontrarnos a la altura de las nuevas demandas, estimulando nuestra confianza en la satisfacción de la tarea cumplida (por encima de un salario). Entonces nos volveríamos protagonistas y hasta promotores del cambio. Pero insistimos en rechazar cualquier cambio, buscando pretextos y justificaciones. Como no funciona, con gran arrebato culpamos a otros del fracaso (que es compartido con la sociedad, los medios de comunicación, el gobierno, los padres de familia) y reiteramos el trabajo que se repite años tras año.
La política curricular, la de capacitación docente y la de materiales educativos y cualquier otra acción que busque mejorar la educación, caerá al vacío si los docentes no asumimos el compromiso de ser agentes dinamizadores del cambio.
¿Cuántos profesores están ejerciendo esta labor sin tener la mística e identificación con el magisterio?

Luis Guerrero Ortiz dijo...

Estoy 100% de acuerdo con el comentario, pero creo que si lo dice un maestro se escucharía como una autocrítica honesta, si lo dice un ministro de educación, en cambio, se escucharía como justificación. Es responsabilidad de la política educativa trabajar duro para crear convicciones y compromisos en los actores, no limitarse a normar y a enviar libros por correo a las escuelas, para después correr a la televisión a contar su hazaña. Las resistencias del maestro son previsibles y la política debería anticipar respuestas inteligentes a eso, no hacerse la sorprendida y lamentarse después. Gracias por el comentario José, muy estimulante.

Kimberly dijo...

Sin duda existen muchos y es una pena. Pero no todo recae en los maestros, pues ante una conducta poco comprometida por parte de ellos se encuentra otra conducta bastante permisiva por parte de muchos padres de familia. Permitir que a un niño o niña se le maltrate en clase poniéndole apodos humillantes, haciéndole quedar mal frente a sus compañeros del salón o que los alumnos sean tratados como si fuesen una jauría a la que hay que controlar con gritos o amenazas es bastante preocupante. Este error por "omisión" tambien tiene un fuerte impacto en la calidad de aprendizaje de los alumnos. Muchos padres y madres de familia también repiten ese espiral descrito por Luis (porque seguramente así fue como ellos "aprendieron" cuando fueron chicos) y da la impresión de que para romper ese ciclo perverso tendría que intervenir algun elemento externo, objetivo que no sea quien genere el problema o esté vinculado con él directamente. Quién podría ser, me pregunto, alguna organización no gubernamental quizas?, sería eso suficiente? Cómo saldríamos de aquella espiral me pregunto.