2.12.07

Cuando se escapan las miradas


Copyright © 2007, juan carrillo

Es una vieja historia que quizás conozcan, pero que nunca me cansaré de contar. Dicen que un grupo de jóvenes aprendices de un templo budista decidieron un día abordar a su maestro, interesados en saber cuál era el secreto de su extraordinaria y admirable capacidad de concentración. El monje les respondió con sencillez: «El secreto es este: lo que hago cuando estoy sentado, es estar sentado, cuando estoy parado, es estar parado, cuando camino, es caminar». Los muchachos se quedaron perplejos con la respuesta y le dijeron con incredulidad: maestro, pero eso no es ningún secreto, eso también hacemos nosotros. Entonces el monje les respondió: no, eso no es lo que ustedes hacen. Cuando ustedes están sentados, ya están parados, cuando ustedes están parados, ya están caminando, cuando ustedes están caminando, ya llegaron a su destino.

Esta dificultad para situarnos genuinamente en lo que hacemos, sin perder de vista el motivo, el sentido, las implicancias y el contexto de nuestra acción, es mucho más aguda de lo que parece y constituye una fuente de numerosos problemas en distintos ámbitos de la vida.

Alfonso es jefe de administración de una importante institución educativa y entiende que su responsabilidad consiste básicamente en seguir los procedimientos. Hace lo que le toca, en los plazos normados y del modo rigurosamente establecido por la institución y por la costumbre. La gente que trabaja bajo sus órdenes hace lo mismo. El día que a consecuencia del error de alguien un documento lleva la fecha equivocada, vuelve a recorrer todo el circuito. El día que por alguna razón, propia o ajena, alguien demora en entregar lo que le corresponde, interrumpiendo la cadena y retrasando todo el proceso, el personal de Alfonso no pierde el sueño y se limita a esperar.

El día que alguno de ellos se encuentra en dificultades que lo obligan a sacar las manos de su tarea, por razones humanitarias Alfonso permite que el flujo se interrumpa el tiempo que sea necesario. No importa cuál sea la naturaleza del trabajo que realiza esa institución, el valor de su misión, la importancia de sus acciones, las necesidades de las personas que las conciben y ejecutan, lo crítico de sus cronogramas, lo complejo de los procesos que tienen que manejar ni cuánto se perjudiquen o beneficien con una buena administración. Alfonso procede igual en cualquier tipo de oficina y en todos sus años de experiencia, nunca le ha ido mal. La gente siempre se queja, dice Alfonso, porque no comprenden lo duro del trabajo administrativo, por eso nadie nos facilita las cosas. Ah pero, eso sí, Alfonso se preocupa siempre porque el flujo de las tareas que tienen que ver directamente con las necesidades de sus jefes funcione como un reloj. Lo demás, puede esperar.

Martha es profesora de sexto grado en una escuela pública. No conoce a Alfonso, no sabe nada de administración ni ha trabajado nunca en una oficina. Pero ella sabe que su trabajo consiste en desarrollar una programación curricular anual en el plazo establecido por las normas y de acuerdo a los procedimientos acordados en el centro educativo para todos los docentes de las tres secciones de ese mismo grado. Y Martha cumple. En todos sus años en ese centro educativo se ha ganado el respeto general por eso. Ella ha aprendido a sortear toda clase de dificultades y se las arregla siempre para cumplir su planificación con una puntualidad envidiable. Si algún niño le hace problemas lo saca del salón o se lo entrega al tutor o en todo caso a sus padres para que se hagan cargo. Si la clase entera rinde mal en una prueba, notifica a cada familia del mal desempeño de sus hijos, aumenta las tareas para la casa y sigue adelante. Nada le hace perder el tiempo.

Si por alguna circunstancia ajena a su voluntad, Martha se retrasa en su calendario, sabe muy bien como nivelarse rápido. Cita a los padres y les recomienda que hagan estudiar a sus hijos de manera especial las cosas que ella no podrá enseñar con detenimiento en la clase, les advierte que está en sus manos hacer que su hijo o hija no pierdan el paso y se echa un discurso sobre la responsabilidad de la familia en la educación de sus niños. En todas las escuelas donde ha trabajado ha procedido igual, sea que le hayan tocado alumnos muy pobres o hijos de familias de ingresos medios, sea que varios a la vez trabajen o se dediquen sólo a estudiar, sea que algunos tengan más habilidades que el promedio o que varios estén más atrás del resto de sus compañeros. Siempre van a haber muertos y heridos en el camino admite Martha, pero eso ya no es responsabilidad del profesor ni del colegio. Los muchachos y sus padres tienen que poner de su parte o atenerse a las consecuencias.

Juanita es madre de dos niños pequeños y debe afrontar todos los días numerosas obligaciones. Se levanta muy temprano a preparar el desayuno y las loncheras, lavar y secar la vajilla, hacer las compras, preparar el almuerzo, limpiar la casa, lavar la ropa, recoger, planchar y guardar la que ya está seca, dar de comer a los niños, obligarlos a hacer la tarea, a regresar a la mochila las cosas del colegio, a ordenar su cuarto, a bañarse antes de dormir y a acostarse temprano. Por fortuna Juanita no tiene marido, de lo contrario, una larga lista de actividades adicionales tendrían que añadirse a la anterior. Las que sí debe agregar son las que se derivan del trabajo que tiene tres mañanas a la semana en una tienda comercial, que le alivian en mucho sus necesidades económicas pero le complican enormemente los tiempos y los horarios que le demanda la casa.

Naturalmente, Juanita ha aprendido a hacer todo esto a diario contra viento y marea, eludiendo toda clase de obstáculos, tales como, digamos, las historias de sus hijos, sus ocasionales resistencias, las mortificaciones que traen de la escuela, los pleitos fraternos de cada día, sus pedidos inesperados, sus repentinas ganas de hacer lo que no se puede, una que otra eventual depresión y hasta sus esporádicos llantos o sus explosiones de euforia. La fórmula es sencilla: ignorar o castigar, es decir, jamás caer en la condescendencia. Luego de un comienzo difícil, ella encontró con los años una manera hacer las cosas que demostró su eficacia y que ahora reitera y defiende con firmeza. Los niños no comprenden todo lo que uno tiene que hacer, dice Juanita, ellos se la llevan fácil y se dedican a perder el tiempo, pero ya les llegará su turno.

Mucho se ha investigado y escrito acerca del valor de la mirada en el primer vínculo social que establecemos los seres humanos al venir al mundo. Es a través de la mirada que se empieza a construir lo que Stern denomina sintonía y que implica las primeras certezas del niño de que sus emociones pueden ser advertidas, aceptadas y correspondidas por otros. Humberto Maturana señala, sin embargo, que este tipo de vínculo, tan presente en los primeros meses de vida, empieza a quebrarse cuando la madre regresa de lleno a sus rutinas y se cancela esa fase de mutua y gratuita disponibilidad. La psicología diría que es el momento en que se pone en riesgo la empatía. Según una antigua y conocida canción de Piero, es el momento en que se nos escapan las miradas.

Cuando uno observa comportamientos como los de Alfonso, Martha y Juanita, de un modo tan recurrente, aún en instituciones donde las relaciones humanas son su objeto y su razón de ser, como la escuela y la familia, uno podría pensar que las miradas que se nos pierden en alguna parte del camino ya no se vuelven a encontrar. La merma de la sintonía, la precaria experiencia de la empatía, podrían terminar convenciéndonos de lo vano que significa esperar una respuesta comprensiva del otro a nuestras necesidades y sentimientos más valiosos. Peor aún, de lo inútil de esperar siquiera que sean notadas por alguien.

Jaques Delors sostenía en su célebre informe de inicios de la pasada década, que el vínculo social estaba en crisis en el planeta, pues la lógica de mercado con que se mira a las sociedades humanas tiende hoy en día a reducir a las personas a su condición de consumidores individuales, quebrando las identidades colectivas y debilitando el sentido mismo de las redes, la cooperación y la solidaridad. Una visión que invita a concentrarse en el propio bienestar e interés. Como dicen los economistas, a maximizar beneficios personales al menor costo posible. En ese contexto, el motivo y el sentido de nuestra acción se pierden de vista y junto con ellos, se desdibujan los rostros, se vuelven borrosas las miradas y el otro se nos termina perdiendo.

Eso es lo que les ocurre a Alfonso, Martha y Juana. Como los discípulos del templo budista, los tres están caminando pero no están caminando, porque no advierten a nadie a su alrededor y no miran más que a sí mismos, sus necesidades, sus prisas y sus plazos. Al perder de vista a los otros, han trastocado el sentido de su acción y han convertido los medios en fines.

Así, para Alfonso la administración de una institución educativa, su mundo de reglas y procedimientos, se justifica por sí mismo, independientemente de cuánto la ayuden o no a cumplir su misión del mejor modo posible. Para Martha, la enseñanza en la escuela, sus planes, sus horarios, sus ritmos, se justifican por sí mismas, independientemente de cuánto aprendizaje o frustración estén siendo capaces de producir. Para Juana, la larga serie de rutinas y obligaciones domésticas cotidianas, sus tiempos, sus normas y sus maneras, se justifican por sí mismas, independientemente de cuánto bienestar subjetivo, de cuánta confianza, de cuánta satisfacción en la convivencia diaria sean capaces de provocar.

Ahora bien, ¿Qué necesitamos hacer para que las políticas educativas no terminen reforzando el encierro de maestros, directores, administradores y padres de familia en un actuar autocentrado, que se agota en sí mismo, despojado de rostros, desprovisto de sentido?


Lima, 02 de diciembre de 2007

1 comentario:

Lenny Urbina dijo...

Felicitacion por su blog muy interesante.
Respecto a su art�culo ha puesto de ejemplo casos que veo a diario en la escuela y que coincido contigo que pareciera que cada agente educativo( administrativo, profesores y padres) estan mirando en diferentes objetivos, y pareciera que cada uno busca lo mismo ( lo mejor para los ni�os), pero puestos diferentes lentes que los hace actuar seg�n sus objetivos y necesidades sociales diarios, en f�n.
Tambi�n he pensado como mejorar esto! y creo que la mejor manera crear "familias educativas". Se puede observar que las organizaciones grandes suelen ser m�s verticales, y por lo tanto el flujo de informaci�n es lento o no llega de manera m�s personal a cada agende; se pierde en documentos y en jerarquias ( que no implica que no existan).......
Creo que en las escuelas m�s peque�as es m�s f�cil integrar a los agentes de manera m�s directa, en las relaciones personales, en la confianza del maestro con el directivo, el padre y el maestro,, la armonia de un medio compartido y el reconocimiento abierto a lo que se quiere llegar con los ni�os, algo asi como la familia de la escuela, donde se busca el crecimiento y compromiso de cada uno de ellos.
...en conclusi�n, un verdadero compromiso por parte de los agentes, en un ambiente familiar, puede funcionar!,,, se me viene a la mente una frase que le� hace poco ......Cuando tu hijo se va por la senda equivocada que hacer?...
la repuesta tan simple y profunda:
Quererlo m�s que nunca........
Suerte, y sigue escribiendo en tu blog.
Saludos
Lenny Urbina